MASTER CHEF
O LA MALA BABA DE UN JURADO
El otro día vi un rato el
programa MASTER CHEF. Concretamente, el
tramo final, así que pude ver cómo a la concursante eliminada la despedían
hecha polvo; o mejor, despedían los trocitos que quedaban de ella.
Nunca lo había visto
anteriormente. No me interesa demasiado la cocina de ingrediente
inidentificable sepultado por virutas fucsia; además, me sientan mal las salsas
con nata líquida. Pero había oído hablar del programa con ciertos elogios que
lo diferenciaban de otros, de los llamados concursomorralla por desecho social de tienta.
¡Pues flipé y me indigné! ¿En qué
medida? Pues en la medida en que, por su
contenido, por la naturaleza de los
concursantes y por la personalidad del jurado – hoy la gastronomía se disputa
el grado siguiente al séptimo arte y sus protagonistas, el reconocimiento de
artistas-, esperas que haya un discurso respetuoso y una actuación cortés. A la presentadora no la he contado porque su
papel conductor estaba completamente anulado y quedaba asimilada al paquete del atrezzo.
Pues bien, no daba crédito al
tono hiriente, a las despectivas recriminaciones y apreciaciones a las que eran
sometidos los concursantes que no satisfacían las expectativas de los tres
cocinillas que formaban el jurado: Jordi Cruz, el del flequillo Bieber, Samanta (con th) Vallejo-Nájera, la que posa
dejando pasar el AVE entre las piernas, y Pepe Rodríguez Rey que, mirándose en
el monitor, se cantaba por lo bajini “marciaaal,
tú eres el más grandeee…”
Dicho de otro modo: por mucho mérito
que profesionalmente se les reconozca a estos arrogados hautes chef, la chulería, la arrogancia y la prepotencia no les son
tolerables bajo ningún concepto; y más, estas actitudes no pueden tener cabida
en un programa que pretende dar entretenimiento y además, como servicio
público, ejemplo de respeto y educación.
Si alguien me dijera que todo
esto es pactado, puro efectismo, y que los
concursantes ya están preparados y de acuerdo para lo que les venga encima,
¡apaga y vámonos! ¡Menudo espectáculo! Pero no lo creo. Por sus caras, los
concursantes y, en especial, la concursante eliminada, no parecían fingir; se
les veía pasarlo realmente mal. Y allí estaban los miembros del jurado: uno,
fustigando verbalmente al concursante; los otros dos, refocilándose y babeando:
¡Sigue, sigue! ¡Dile más! Y la pava
de la presentadora, a mí ¡Plim! ¡Dame pan
y dime tonta!
En cuanto que el talante personal
de estos deja mucho que desear, tanto me dan a mí sus escalopines con coulis de violeta guarnecidos con
rábanos con lazo de esparto verde de
Abanilla, como la vida sexual de las almejas; tanto me dan las estrellas
Michelín que los guían como las que le
colgaron a Periquín en Filipinas.
A mí me han defraudado. Tenía
poco interés por la Gault&Millau pero ahora tengo muchísimo menos.
