martes, 9 de diciembre de 2014

TARDE DE TORMENTA







TARDE DE TORMENTA (cuento)

Amanece el cielo encapotado. Durante la noche ha llovido  y el día no parece que vaya a despejarse. La mañana  transcurre silenciosa y, conforme avanza, el cielo se va petrificando.
Hacia la tarde, del interior, río arriba, se acerca una oscuridad amenazante y en el sur, la sierra es una masa  gris y pastosa. Poco a poco hay menos luz y parece que se hiciera de noche. Comienzan a cruzar el horizonte serpentinas eléctricas y, tras un breve silencio expectante, se oye un sordo retumbo en la lejanía. Los relámpagos se suceden con mayor frecuencia y el sonido de los truenos es cada vez más próximo, hasta situarse por encima de nosotros.
Estamos corriendo por las placetas, alrededor de la casa, esperando que los goterones todavía no traspasen las parras y nos mojen, pero el tabaleo de la lluvia es cada vez más fuerte y rápido sobre los pámpanos. A nosotros no nos da miedo la tormenta que  empieza  a descargar porque sabemos lo que está pasando allá arriba: san Pedro está cambiando los muebles de su casa y, como el hombre está viejo, lo hace rulándolos; mientras, los ángeles aprovechan para lavar el suelo. Por eso hay ruido y cae agua.
El estallido de un rayo próximo ha dejado la casa sin luz y nosotros ahora gritamos  más fuerte y más alocados para no oír el estruendo que inmediatamente sobreviene. Se ha levantado un  viento huracanado que hace oscilar la palmera y sacude de modo violento las ramas de los árboles.  Sobre nuestras cabezas, la lluvia arrecia repentinamente y martillea con furia el emparrado, que luego quedará desmochado, con sus hojas, racimos y zarcillos esparcidos por el suelo.
A un grito de su abuela Mercedes, los dos chiquillos y yo corremos a meternos en la casa cuando ya nos chorrea el agua por la frente y las camisas han empezado a pegársenos en las espaldas. La madre anda alterada, con una vela encendida en una mano y un plato con sal en la otra, y todos, como una procesión en huida, enfilamos veloces escaleras arriba a la cambra y allí corremos al balcón. La abuela Mercedes lo abre y los chiquillos, impacientes, nos colamos de un salto en él. Los relámpagos y los truenos restallan acumulándose unos sobre otros; el cielo es una catarata furiosa y, según el racheo del viento, la lluvia va y viene de un lado a otro y nos moja las piernas. Nosotros, asiéndonos a los barrotes del balcón y pataleando, competimos por que nuestro grito esté por encima y dure más que el  trueno.
La madre, que le ha dado el plato con la sal a la abuela, al borde de la histeria, alarga el brazo libre y  con un exasperado ademán nos arremolina por los cogotes y nos empuja bruscamente adentro. Nosotros rompemos en risas descontroladas al encontrarnos dentro de la habitación dando píqueles y entrechocando entre nosotros y nos reímos tanto que alargamos la situación girando como peonzas hasta caer al suelo entre carcajadas uno sobre otro.
-¡En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo!
La voz estentórea de la abuela nos sorprende y corta en seco nuestros revolcones. De un salto nos hemos apretujado entre las dos mujeres y, apabullados y boquiabiertos, vamos de la cara crispada de la madre, que se santigua aturullada, a la de la abuela. Hay furia en su gesto y sus  ojos parecen desorbitarse. Uno va de allá para acá, despavorido, sin encontrar un punto en que fijarse; el de cristal, que está a punto de desprenderse de su cuenca, apunta desenfocado al fondo de agua que es la sierra, concentrando en su dureza una terribilitá que nos atemoriza.
-¡Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita, con papel y agua bendita! ¡En el ara de la Cruz: Pater noster, amén, Jesús!
Hasta tres veces atruena la invocación de la abuela, al tiempo que su brazo potente lanza puñados de sal al vacío trazando tres cruces, como portentosos espadazos que rasgaran  y dispersaran aquel diluvio.
-Padre nuestro que estás…
Un restallido seco que hace temblar las colañas de la casa enmudece repentinamente a la abuela y la madre, dando un respingo que la descompone, se echa manos a la cabeza mientras lanza jipidos entre ahogos histéricos. Nosotros, alentados por los épicos lances de la abuela, nos arrojamos de nuevo al balcón dando sablazos imaginarios bzzz, bzzz, bzzz… contra una rabiosa e invisible fiera herida que diera sus últimos zarpazos. En este fragor bélico andamos cuando, de repente, ¡plaf!,  el chiquillo  encoge  los hombros sorprendido por el cogotazo que, desatados sus nervios, le ha dado la madre.
El chiquillo, enfurruñado, protesta y se larga a un rincón, mientras la otra y yo salimos huyendo  hacia el otro extremo de la cambra, dándonos cogotazos de refilón que burlan e irritan aún más al acogotado y mohíno hermano. Cuando la abuela y la madre, que han proseguido sus rezos,  nos miran amenazantes de reojo, paramos las fechurías  con que mortificamos al otro y reprimimos las risas apretando las manos contra la boca, de tal manera que, en el esfuerzo, se nos inflan tanto los carrillos que apenas podemos evitar que se nos escapen las lágrimas y los mocos.
La oscuridad del cielo ha ido diluyéndose y ya solo es una disminuida masa oscura río abajo. Por el interior, una varilla de luz metálica ha rasgado las nubes y abre un abanico de claridad  que reverbera sobre el verde intenso de los árboles. Al sur, en la sierra, jirones de nubes se deslizan sobre el presado de los pinos hasta deshacerse en tenues estelas vaporosas. Por  el balcón sube el acre olor a tierra y hojas mojadas  y  entra una humedad tibia y viscosa que nos hace sudar y nos   pega el pelo a la frente y al cogote.
Ya estamos otra vez en las placetas. Múltiples reguerillos plateados se deslizan acá y allá, cada uno siguiendo su curso zigzagueante,  adelgazándose a veces hasta perderse y otras confluyendo entre ellos, haciéndose  más grandes  y siguiendo un nuevo curso. Nosotros corremos a ponernos las botas de caucho  y, cuando estamos listos, emprendemos la marcha por la senda.
La lluvia ha acamado los amores de las orillas y, a nuestro paso, sacudidos por nuestra carrera, nos salpican de menudas gotas de agua. Parece que la naturaleza, para bendecir nuestro júbilo, nos asperjara con su hisopo.  También las campanillas malvas de las corregüelas y las florecillas amarillas de los lizones brillan perladas de minúsculas gotitas, que finalmente se deslizan hasta su centro, como diminutas copas, o resbalan por los pétalos y caen en las hojas ondulando el tallo con un ligero temblor.
Por la senda se deslizan babosas oscuras y rojizas, una lenta expedición de la que nunca hemos sabido de dónde parte ni a dónde va. Nosotros no sabemos qué empresa las mueve para tan esforzado viaje pero sí sabemos que a las babosas les gusta que la lluvia bañe  sus cuerpecillos y los humedezca. Nos detenemos a mirarlas y cogemos alguna, solo por sentir la blandura de su cuerpo húmedo y fresco y su rítmica ondulación  sobre nuestras manos. Nosotros no sabemos nada de su misteriosa vida, de los secretos de sus pequeños cuerpos. Ellas tampoco saben del nuestro y, desorientadas y extraviadas, estiran su cabeza y sacan sus cuernos  mostrando estupor ante nuestros ojos monstruosos. Ahora apenas se mueven. Las devolvemos a su imaginaria caravana, a su mundo minúsculo, y seguimos nuestro camino, corriendo hacia las tierras bajas atraídos por la expectación de una posible  crecida del río.
Ahora estamos en lo alto del ribazo y desde aquí miramos, detenidos por un momento, el soto, que se extiende, ligeramente más elevado, a lo largo de la orilla del río. El soto está sembrado de árboles frutales, rugosos y oscuros, en cuyas ramas, todavía cubiertas de hojas,  aún puede encontrarse algún rosado y aterciopelado fruto tardío. También hay, en un extremo, un alto granado de san Felipe, que tiene muchos frutos pero que todavía no están maduros; solo los de la copa, siempre lamida por el sol, comienzan a pintar. Más allá hay un jinjolero y en la parte umbría, dos caquileros. El suelo de los bancales está cubierto por altos vinagrillos de un intenso color esmeralda salpicado de brillantes flores amarillas que, después de la lluvia,  inclinan sus cabezas por el peso del agua. Los chiquillos sabemos del frescor de los vinagrillos, porque otras veces hemos corrido hacia ellos para lanzarnos sobre una enorme y mullida cama verde, dar cabriolas y volteretas hasta cansarnos y, entonces,  tumbarnos sobre ellos para, jadeantes y absortos, mirar la inmensidad lejana del cielo.
Esta tarde los chiquillos descendemos el ribazo con tiento en los pies: el légamo y el verdín crecido en las umbrías es un cristal oscuro por el que nuestras toscas botas se deslizan con vida propia. Bajamos cogidos de la mano y agarrándonos a la sisca,  colocando cuidadosamente nuestros pies al sesgo, paso a paso: oro, plata, rey, oro plata, rey..,  pero un patinazo de la chiquilla rompe el equilibrio y la gran culada es inevitable. El hermano se frena a medio ribazo, echando mano a los carrizos y clavando los talones en el barro, pero la chiquilla y yo nos deslizamos imparables ribazo abajo hasta el borde del bancal, dejando atrás con nuestras nalgas la huella satinada y viscosa de un  caracol gigante.
El hermano ya ha llegado hasta nosotras y aprovecha la situación para  desquitarse de la humillación del cogotazo y de nuestras burlas, lo que nos irrita mucho más y lo amenazamos con un dos contra uno: empujarle a la regadera y rebozarlo a él en el barro.
Cuando conseguimos aliviarnos del barro con una pella de hierba, ya hemos recuperado el desenfado y echamos a correr entre los vinagrillos para cruzar el soto.
Sorteando las ramas de los árboles, subiendo y bajando nuestras cabezas, hemos llegado hasta la linde con el río.  Nos separa de su orilla una bardiza bien urdida de fuertes cañas que se cruzan formando infinitos y perfectos rombos que han sido cuidadosamente medidos con una escandilla, y a través de los cuales asomamos nuestras caras para mirar el agua. Más allá, la bardiza es un espeso seto de acacia de tres espinas, esa de la que la madre de los chiquillos coge los punzones con los que hace ojetes en los bordados de sus sábanas y manteles.
El río ya ha empezado a subir su nivel y va más rápido, sus aguas tienen ya un tono rojizo  y se están volviendo espesas y ásperas. Las cañas y las aneas de la isla se están acamando por la fuerza de la corriente que ya la inunda y en sus bordes se retienen enganchados por momentos arrastres leñosos y brozas, hasta que la corriente los arremolina y los arrastra consigo de nuevo.
Una voz a lo lejos  nos distrae y nos hace volver las caras hacia un lado. La madre ha aparecido por un extremo del soto. Tiene un aspecto extraño, casi ridículo. Para no mojarse, se ha recogido la falda con un nudo entre las piernas a la altura de los corvejones; parece que llevara un calzón bombacho, como el que llevan  los soldados moros que yo he vistos en fotos viejas. Lleva un cenacho colgado al brazo y busca caracoles. Nos está hablando, llamándonos para algo. Aunque  nosotros no lo oímos bien, intuimos qué es: que vayamos a buscar zarapengas. No queremos.  Hacemos un gesto de no entender, dejamos de mirarla y nos volvemos a abstraer, muy pendientes de la orilla.
La pequeña ribera, cubierta de grama, donde crecen los juncos y los baladres, también está empezando a anegarse. Cuando llegue la noche, el agua ya la habrá cubierto y, probablemente, alcance hasta media altura del muro del soto. A nosotros nos han contado que una vez se llegó a cubrir el soto y la riada fue tan grande que se llevó el embarcadero y la barca. Nosotros sabemos que es verdad porque hemos visto el embarcadero en fotos. 
Mientras el río no vuelva a su nivel normal, nosotros no podremos bajar a la orilla del río y el cabrero que viene con sus cabras, tampoco. Después de la riada pasarán días hasta que la orilla vuelva a estar limpia, el suelo se desembarre y los arbustos recuperen su posición enhiesta. Pero, antes de secarse la tierra, mientras quede agua por debajo y el suelo esté blando, podremos bajar a jugar, a hacer panzas con los pies sobre la grama basculante.
Estamos silenciosos, contemplando la corriente poderosa del río y escuchando su rumor amenazante. De vez en cuando, un ligero escalofrío nos recorre las piernas y nos las frotamos, una con otra, notando la aspereza del barro ya seco que se nos quedó pegado.
El sol ya ha desaparecido del horizonte y solo queda su reflejo cárdeno detrás de las sierras. Poco a poco, las sombras se están extendiendo por el soto y la humedad de la tierra empapada de lluvia se hace más sensible. Sin darnos cuenta, la luz se ha ido y el brillo de los vinagrillos es ahora un manto oscuro y opaco.
Desde lo alto del ribazo nos llaman. Esta vez contestamos diligentes y  mansamente emprendemos distraídos y ensimismados el regreso a casa. Por la senda ya no hay babosas y el agua caída ha sido embebida por la tierra. Los amores han recuperado su altura y se mecen al rozarlos suavemente con las manos a nuestro paso. Los árboles recortan sus copas negras contra la débil claridad del anochecer y, a sus pies,  la oscuridad se extiende por los bancales.
A estas horas en que los chiquillos nos recogemos, afuera empieza una nueva vida en la que nosotros no participamos, pero sabemos que es así porque la oímos y a veces hasta la vemos fugazmente desde nuestras ventanas; leves ruidos y roces sigilosos, pequeñas sombras que se detienen brevemente y que pronto se van. Nosotros sabemos que esto es así y nos dormimos sin preocupación, aovillados en nuestra cama llenando nuestros sueños de algodonosas imágenes del día.

domingo, 22 de junio de 2014

CARTA A UN NIÑO VULNERADO







EL PAIS  / MIÉRCOLES, 18 de junio de 1997
Detenida una pareja que “alquilaba” a su hijo a un pederasta los fines de semana
 Hace diecisiete años que esta noticia saltó a los medios y todavía me sigue estremeciendo. Ahora la víctima debe de tener veintisiete años y frecuentemente me pregunto qué habrá sido de ella; si habrá podido superar aquel horror.A propósito de ella, publiqué el siguiente artículo en el periódico en el que por entonces colaboraba.


CARTA A UN NIÑO VULNERADO
Querido niño desconocido:
No te escribiría esta carta si hoy no te hubieras convertido en titular de periódicos y telediarios; si una persona anónima no hubiera denunciado tu caso y el país no se hubiera enterado de la tortura a la que estabas siendo sometido.
Resulta difícil aceptar que, durante todo este tiempo de horrores, aparentemente, nada hacía de ti un niño distinto de los demás, distinto de los niños con los que ibas al colegio y con quienes jugabas. Resulta difícil, por doloroso, imaginar qué estaba ocurriendo en ti cuando tus compañeros se sintieran ansiosos por la llegada del fin de semana, o qué podías contar tú, o inventar para contar, el lunes, cuando todos los niños comparten lo que han hecho de viernes a domingo. Te imagino lleno de horror huyendo del recuerdo.
Querido niño vulnerado: has tenido muy mala suerte en la vida. La vida te ha negado lo que a todos, salvo a tristes excepciones, como la tuya, les da por natural: el amor de unos padres. Tú, que eres un ser humano, ni siquiera has tenido la suerte de los animales, porque en todo orden natural los padres aman a sus crías; desde los peces, los insectos…, hasta los animales más fieros, todos aman y protegen a sus crías. A ti, no. Tus padres, esos seres para los que habría que inventar otra palabra, porque ellos ensucian y desnaturalizan la palabra padres, no te han querido y te han despojado del estado más hermoso e irrepetible del hombre: ser niño. Te han negado el amor y por ello has quedado desprotegido y vulnerado. Han pisoteado tu dignidad como persona y te han cosificado para venderte como una mercancía para el uso más abyecto.
Querido niño: siento una gran pena por ti y dudo si alguna vez este mundo que te ha tocado vivir podrá recompensarte del oprobio del que has sido víctima; no sé si alguna vez podrás perdonar a esta sociedad, egoísta e hipócrita, su descuido irreparable.
Tú, que tendrías que ilusionarte con una bicicleta para el verano, recelarás y sospecharás cada vez que alguien quiera hacerte un regalo, porque no entenderás que se puede hacer un regalo sólo por ver la ilusión encenderse en los ojos de un niño.
Tú, que estabas hecho para ser amado y besado por unos padres, ahora difícilmente comprenderás que a un niño se le acaricia porque el amor es un sentimiento natural y hermoso y que un niño inspira eso, amor.
Tú, que eres un ser frágil, tenías derecho a sentirte protegido. Pero ahora que estás lleno de miedo y confusión tampoco podrás comprender que los brazos de los padres están para dar seguridad a un hijo.
Querido niño herido: tal vez aún quepa la esperanza de que un día olvides todo el horror vivido, de que encuentres a personas que te demuestren que el amor es gratuito y no espera nada a cambio. Pero hay algo, lo más triste y que la sociedad llevará siempre en su conciencia: que no podrás recuperar ya la inocencia.

domingo, 11 de mayo de 2014

¿TÚ TRABAJAS?





¿TÚ TRABAJAS?

Cuando a una mujer se le hace la pregunta ¿Trabajas?, sobreviene a la conversación el tópico discursivo en que se contextualiza la pregunta, mujer y trabajo, las circunstancias pertinentes al tópico, los contenidos mentales de los hablantes y los que cada uno de ellos presupone que tienen los demás sobre el asunto.
Probablemente, a estas alturas y en la generalidad de las situaciones,  la pregunta no tiene ninguna intención maliciosa, pero es inevitable que factores históricos, sociales y económicos influyan sobre ella, la carguen de una supuesta reticencia por parte de hablante y, consecuentemente, sea  percibida con cierto matiz discriminatorio por parte de la persona interpelada.
Creo que los malos entendidos radican en que es una pregunta mal planteada. La pregunta ¿Trabajas? solo tiene dos respuestas que son excluyentes, y no, y, por otra parte,  el verbo trabajar, una presuposición pragmática, la de actividad remunerada.
Aun partiendo de que la intención de la pregunta sea simplemente saber si se realiza un trabajo remunerado al margen de la actividad doméstica, formularla de modo tan escueto, sin más elementos lingüísticos, la convierte en una pregunta capciosa porque arranca de  la mujer una respuesta  falsa y comprometida en cualquiera de los casos, sea aquella  afirmativa o negativa. Si responde , la mujer está reconociendo como trabajo solo aquel que se realiza al margen del doméstico y además remunerado; si responde no, da a entender que no considera la actividad doméstica un trabajo y,  por tanto, manifiesta tácitamente su renuncia a remuneración y a  prestaciones sociales derivadas.
Ahí, está la cuestión del conflicto. Cuando se confunde el derecho de la mujer a optar por qué clase de trabajo quiere hacer -trabajar en casa o fuera de casa y doblar jornada, que es lo más frecuente- con  la idea obsoleta y machista de trabajar (fuera de casa) o no trabajar (en casa).
Definitivamente, la pregunta ¿Trabajas?, formulada exactamente en estos términos, es una pregunta inadecuada y capciosa y, además, discriminatoria. Porque, ¿se le pregunta alguna vez a un hombre Trabajas?  ¡Vaya obviedad! La pregunta a un hombre es ¿Y tú en qué trabajas? Presunción machista de que el hombre siempre trabaja.
Toda esta disquisición – estoy de acuerdo con usted: ya tiene tufillo a pasado-  retoma un tema que hace mucho que no consideraba; a lo mejor estaba equivocada al pensar que era asunto superado. Pero no. Digo, que esta disquisición viene al hilo de un cartelito que cuelga de algún muro y es el que utilizo para ilustrar mi entrada. El dibujo es gracioso y colorido y el mensaje es un recordatorio que no viene mal. Lo que me ha llamado la atención es lo que ha dado de sí en comentarios. Así que me he animado y he retomado viejas reivindicaciones. Expuestas estas, concluyo en que, con un poco de cuidado en el lenguaje, podrían evitarse susceptibilidades o, quién sabe, evitar poner el dedo en la llaga, porque yo sé, y usted también, que todo en el campo laboral de la mujer no está conseguido.


sábado, 10 de mayo de 2014

TIENE USTED CARTA








TIENE USTED CARTA

Hace mucho tiempo que ya no se escribe. Quiero decir que no se escriben cartas al modo de hace años, con sobre, dirección y sello y, por detrás, remitente. Y por supuesto, dentro, la carta, propiamente. Sobre ello me gustaría entretenerme un día pero lo que hoy me ocupa es un aspecto concreto de aquella vieja y artística actividad. Sí; porque escribir cartas es un arte.
 Lo concreto a que me refiero es que enviabas una carta y si habías errado el nº de calle, tu amigo se había cambiado de casa y ya no existía allí... o cualquier otra contingencia, se te devolvía el sobre con alguna indicación de Correos, así tú tenías conocimiento de que el mensaje no había llegado a su destino y de que  no quedaba en manos de nadie...
Ahora, con el ineludible e inexcusable uso de las TIC, el mínimo error del emisor condena el mensaje a la nada del espacio cibernético, al  desesperanzador agujero negro del eliminar, al errático correo no deseado. Porque el nadie virtual nunca va a devolver el mensaje;  no va a tener la deferencia de  notificar el error del To, ni va a considerar que tal vez  el Subject sea importante y determinante para el ingenuo From, que, como en el hijo bienamado, ha puesto todas sus esperanzas en  las nuevas tecnologías...
Retraso en la ejecución de un proyecto, trasiego de neoneuroWhatsApp –ese otro imprescindible en la sociedad de la información, ese que hace inoportuna e impertinentemente  “clang” cuando te estás clisando- reenvíos, comprobaciones… ¡Brrr! ¡Cinco días buscando el missing link cibernauta! ¿Y cuál era? ¡Pfff: un 4! Ahí estaba el error de transmisión: ******xx@ y ******xx4@.
Y he pensado: Esto no hubiera ocurrido con Joseíco el cartero, que  e.p.d., en la Gloria esté, Dios lo haya perdonado… Él hubiera estado al cabo de tus expectativas, de tu interés y de la importancia de la notificación que esperabas. Él te hubiera tranquilizado, si no llega el mensaje en el Correo de la noche, seguramente vendrá en el de la seis de la mañana. Él se tomaba interés por las noticias familiares. Llegaba con su carterón al hombro y, nada de buzones; entraba en la casa, buenos días, señorita;  revolvía su bolsón, carta de los nenes… la semana pasada, Antoñito felicitó a su primo; hay que ver, qué letra tiene.., Antoñito, digo… Otros sobres lucían con brillantes sellos, tiene usted carta de Australia, ¿qué cuenta su hermano? ¿Me dijo Ramón que su hermano de usted estaba casado con una mujer de allí..? Y así era que Joseíco, no solo cumplía su función de dar destino a los mensajes sino que se interesaba y participaba de las buenas y malas nuevas que los vecinos recibían.
Pero no siempre fue bien entendida su vocación participativa. Ocurrió una vez que Marisa estuvo temporalmente en la gran capital.  Era costumbre entonces, por la infrecuencia de un viaje tan distante y para hacer partícipes a los amigos de los extraordinarios que gozabas, enviar postales de los lugares emblemáticos que visitabas. Así fue que Marisa envió una vistosa postal a Pedro, con apretado parloteo que resumía lo esencial de su estancia y terminó su redacción con ¡y recuerdos al negociero de Joseíco, que lo estará leyendo!
¡Ay, Dios! Joseíco, incomprendido y  perjudicado moralmente por la deslenguada jovenzuela, se dirigió a casa de Marisa y allí expuso a la madre las quejas y motivos que tenía sobre comportamiento de su hija.  Doña Marga, ante tan cándida alma, no pudo más que disimular la risa y, esforzándose por recomponer el gesto, procuró con comprensivas palabras reparar el agravio infligido al cartero. Prometió a Joseíco que reconvendría seriamente a su hija y  le aseguró  que tal comportamiento no se iba a repetir.
Después de aquello, todo siguió igual. La anécdota corrió pero nada alteró la relación condescendiente de las gentes y su cartero.

  

miércoles, 7 de mayo de 2014

La subida al monte






LA SUBIDA AL MONTE


La Virgen de la Fuensanta ha regresado al Santuario. La Morenica ha vuelto a su casa del monte después de su hospedaje cuaresmal en la casa grande de los murcianos, la Catedral.
Urgida por la cita de los murcianos  con su Virgen, la mañana se ha levantado temprano y, en silencio, se ha vestido con un cielo prístino, entreverado de luz pavonada y rosicler.
Al toque de la misa primera, gentes devotas han ido acercando sus pasos hasta la Catedral y allí han hecho sus últimos ruegos a la Señora. Los más rezagados, han permanecido en la plaza esperando ver abrirse la puerta del Perdón y aparecer por ella a la Fuensanta sobre su trono de plata.
Cuando la Virgen sale, un sol blondo ha comenzado a lamer la fachada de Palacio y el cielo ya es un brillo de vaporosa transparencia. El volteo de campanas, levanta bandadas de despavoridos pájaros –aviones, vencejos, golondrinas- y palomas, que surcan el espacio con alocado e imparable vuelo, describiendo giros y piruetas imposibles, cuyas estelas se entrecruzan como serpentinas desprendidas del  celaje matinal.
Mientras la multitud se agolpa a su alrededor para estar más cerca de su Patrona, el trono ha ido avanzando y ya se aproxima al Puente Viejo.  Allí en lo alto, la Señora se detiene para despedirse del viejo río, conmovida ante las aguas cansadas que en otro tiempo colmaron las espejeantes y sonoras albercas de Al-Bostán.
Viene desde lo lejos un  vientecillo presado que se derrama sobre el Barrio y ondula el manto de la Morenica. Ahora el cortejo retoma la carrera y marcha con paso presuroso hacia el monte. Desde la boca del puente, desde la hornacina de la Virgen de los Peligros, muchos se despiden ya de la Patrona, a la que  ven alejarse, cada vez más pequeña, hacia su mirador de la Vega. A lo largo de su subida, otros la saludarán con alborozo, inundándola de pétalos y piropos, y  la alhábega, el tomillo y los pinos cimbreantes, como un humilde incensario, la perfumarán a su paso.



Aún puedo recordar que, siendo adolescente y estando interna en el colegio, esa mañana se nos permitía salir a la misa de la Catedral y acompañar a la Virgen hasta el Puente Viejo. Luego, el grupo que éramos, acompañadas por alguna monja, volvíamos alborotadas y bulliciosas al colegio y retomábamos la rutina del día. 

sábado, 3 de mayo de 2014

EL BAÑO DE LA CRUZ






EL BAÑO 
DE LA CRUZ





Hoy se celebra en Blanca el Baño de la Cruz. Es una celebración ancestral en la que se pide al Santo Patrón San Roque que la cosecha de fruta que comienza sea buena y dé beneficios a los blanqueños.
La celebración consiste en llevar en procesión una Cruz, hecha de flores y frutos de la huerta, desde la Iglesia hasta la orilla del río, por el baño de las Excanales; justo debajo del enorme peñasco oscuro sobre el que se asienta el Castillo; junto al legendario pasadizo por el que los habitantes de aquel, dicen que hasta en caballo, bajaban al río a abastecerse de agua; sobre donde apenas emerge la mortal Piedra del Barco.
Comienza la Procesión con una oración en la Plaza de la Iglesia y desde allí  parte, con el cura Párroco y la Cruz al frente,  seguida de la comitiva de huertanos. Una vez en la orilla del río, se bailan Jotas y Alegrías. Se vuelve a rezar y, finalmente, el Párroco lanza la florida Cruz a las aguas del río Segura, como ofrenda y rogativa al Santo.
Durante muchos años, esta celebración estuvo suspendida y, si bien la razón nunca estuvo clara, el anecdotario del pueblo cuenta que el motivo estuvo en que se aprovechó el momento para tirar al cura de la época al río. Si fue traspiés o empujón, la cuestión fue que el bendito estuvo durante una larga temporada debatiéndose con una terrible pulmonía y, desde entonces, para evitar la tentación, se suprimió la ocasión.

Pero, gracias a la iniciativa de la Peña local La Capaza, la fiesta se ha exorcizado y desde hace  unos pocos años Blanca vuelve a celebrar el Baño de la Cruz. 

martes, 29 de abril de 2014

MASTER CHEF O LA MALA BABA DE UN JURADO









MASTER CHEF

LA MALA BABA DE UN JURADO




El otro día vi un rato el programa  MASTER CHEF. Concretamente, el tramo final, así que pude ver cómo a la concursante eliminada la despedían hecha polvo; o mejor, despedían los trocitos que quedaban de ella.
Nunca lo había visto anteriormente. No me interesa demasiado la cocina de ingrediente inidentificable sepultado por virutas fucsia; además, me sientan mal las salsas con nata líquida. Pero había oído hablar del programa con ciertos elogios que lo diferenciaban  de otros,  de los llamados concursomorralla por desecho social de tienta.
¡Pues flipé y me indigné! ¿En qué medida? Pues en la medida en que,  por su  contenido, por la naturaleza de los concursantes y por la personalidad del jurado – hoy la gastronomía se disputa el grado siguiente al séptimo arte y sus protagonistas, el reconocimiento de artistas-, esperas que haya un discurso respetuoso y una actuación  cortés.  A la presentadora no la he contado porque su papel conductor estaba completamente anulado y quedaba asimilada al  paquete del atrezzo.
Pues bien, no daba crédito al tono hiriente, a las despectivas recriminaciones y apreciaciones a las que eran sometidos los concursantes que no satisfacían las expectativas de los tres cocinillas que formaban el jurado: Jordi Cruz, el del flequillo Bieber,  Samanta (con th) Vallejo-Nájera, la que posa dejando pasar el AVE entre las piernas, y Pepe Rodríguez Rey que, mirándose en el monitor, se cantaba por lo bajini “marciaaal, tú eres el más grandeee…”
Dicho de otro modo: por mucho mérito que profesionalmente se les reconozca a estos arrogados hautes chef, la chulería, la arrogancia y la prepotencia no les son tolerables bajo ningún concepto; y más, estas actitudes no pueden tener cabida en un programa que pretende dar entretenimiento y además, como servicio público, ejemplo de respeto y educación.
Si alguien me dijera que todo esto es pactado, puro efectismo,  y que los concursantes ya están preparados y de acuerdo para lo que les venga encima, ¡apaga y vámonos! ¡Menudo espectáculo! Pero no lo creo. Por sus caras, los concursantes y, en especial, la concursante eliminada, no parecían fingir; se les veía pasarlo realmente mal. Y allí estaban los miembros del jurado: uno, fustigando verbalmente al concursante; los otros dos, refocilándose y babeando: ¡Sigue, sigue! ¡Dile más! Y la pava de la presentadora, a mí ¡Plim! ¡Dame pan y dime tonta!
En cuanto que el talante personal de estos deja mucho que desear, tanto me dan a mí sus escalopines con coulis de violeta guarnecidos con rábanos con lazo de esparto verde de Abanilla, como la vida sexual de las almejas; tanto me dan las estrellas Michelín que los guían como  las que le colgaron a Periquín en Filipinas.

A mí me han defraudado. Tenía poco interés por la Gault&Millau pero ahora tengo muchísimo menos. 

jueves, 16 de enero de 2014

HASTA SAN ANTÓN, PASCUAS SON








HASTA 
SAN ANTÓN, 
PASCUAS SON

(Del 17 de enero de 2013)





Lejos ha quedado el bullicioso descender del camaranchón las banastas empolvadas que guardan, envueltas en papel de periódico, las figuritas del belén.
Ya está elegido el venerable rincón de la casa que va a acoger el Nacimiento y allí, apartados los muebles, hemos colocado la banca sobre la que iremos distribuyendo las escenas.
Hay actividad desde días anteriores
Primero en el monte. Allí hemos recogido piedrecitas blancas para trazar caminos y también las plantas con que los vamos a bordear y a recrear el paisaje: uñas de gato, piteras, acebuche, minúsculas paleras…
Y, recientemente, en la orilla del río, donde hemos recortado mantos de musgo esponjoso que mullirán las orillas del  río que serpenteará  el escenario.
Un cielo de papel estrellado, entreverado de sabina de olorosas arcéstidas, cubre el fondo de nuestro belén. De él, suben y bajan cuestas rocosas, entre escarpados montes de corcho con recodos frondosos de uñas de gato y acebuche. A ciertas horas, nuestro cielo tiene un ocaso encendido rojo y azul celofán.
Remangados, nuestras manezuelas afanosas y enrojecidas van extendiendo la arena fría sobre la banca, mientras  la imaginación nos  dicta de qué  modo caminos,  cuestas y  crestas de monte habrán de confluir ante el divino pesebre, que ya hemos situado en un lugar apartado pero preeminente.
Una canal de hojalata, revestida de papel de chocolate que hemos acumulado a lo largo del año, hace nuestras delicias cuando comprobamos que retiene agua  y no la derrama. No hay nada más gozoso para nosotros que meter las manos al agua. En un arenal, hemos situado a las lavanderas y, más allá, bajo una palmera, a un pescador.
El río también tiene un puente. Es sólido y amplio. Por él ha de circular una caravana insigne: tres reyes en sus camellos, seguidos de la servidumbre que avanza con una reata cargada de obsequios. Todavía están sus majestades lejos, en el extremo opuesto a la escena principal, pero ya se los observa encaminados hacia ella.
Allá en lo alto, entre cumbres inquietantes, dominando todo el paisaje, hemos situado al señor del reino. Oteando desde el balcón de su palacio, se le ve receloso y con mirada amenazadora. Eso nos parece.
Por el contrario, sus súbditos parecen tener una vida feliz en su cotidianidad: pastores echados frente al fuego velan plácidamente su majada; vejucas que vigilan sus pavos y gallineros; mujeres que acarrean agua o portan tablas de panes; artesanos y labradores y  hasta el burro que da vueltas en su   aceña…
Todos parecen entretenidos y ajenos a la pareja, ella sobre una burra, que se ha detenido frente a la posada buscando alojamiento. Nosotros estamos tan decepcionados como ellos. Finalmente, los encaminamos y situamos en la cueva que sirve de refugio a un buey y a una mula. Allí los dejamos con la expectación de lo mágico que está por suceder: algunos días después la iluminaremos y haremos adorar a un rollizo infante que será la admiración de todos.
No queda más que revestir la banca con la cretona. Nuestra obra está terminada y la excitación de lo novedoso ha dado paso a un jolgorio que nos acompañará hasta bien entrado enero. Hasta entonces, nuestro belén cobrará vida: desplazamientos de las figuritas; idas y regresos; sobresaltos y huidas; venganzas… De todas estas vicisitudes y movimientos nosotros seremos los responsables.
Hoy es San Antón y hasta hoy Pascuas son. Sus majestades hace días que emprendieron el regreso a sus orígenes cardinales por camino distinto al que vinieron y los perdimos del horizonte de nuestro cielo estrellado. Los padres refugiados en el pesebre han huido a un país extranjero, amenazado su niño por el rey de mirada torva.
A nosotros nos da pereza deshacer el belén y guardar una vez más las figuritas en la banastas y devolverlas al camaranchón. Ya solo queda deshacernos de la arena.
Tristemente ha quedado al descubierto que el ocaso encendido sólo era una bombilla y papel.