HASTA
SAN ANTÓN,
PASCUAS SON
(Del 17 de enero de 2013)
Lejos ha quedado el bullicioso
descender del camaranchón las banastas empolvadas que guardan, envueltas en
papel de periódico, las figuritas del belén.
Ya está elegido el venerable rincón de
la casa que va a acoger el Nacimiento y allí, apartados los muebles, hemos
colocado la banca sobre la que iremos distribuyendo las escenas.
Hay actividad desde días anteriores
Primero en el monte. Allí hemos
recogido piedrecitas blancas para trazar caminos y también las plantas con que los
vamos a bordear y a recrear el paisaje: uñas de gato, piteras, acebuche,
minúsculas paleras…
Y, recientemente, en la orilla del
río, donde hemos recortado mantos de musgo esponjoso que mullirán las orillas
del río que serpenteará el escenario.
Un cielo de papel estrellado,
entreverado de sabina de olorosas arcéstidas, cubre el fondo de nuestro belén.
De él, suben y bajan cuestas rocosas, entre escarpados montes de corcho con
recodos frondosos de uñas de gato y acebuche. A ciertas horas, nuestro cielo tiene
un ocaso encendido rojo y azul celofán.
Remangados, nuestras manezuelas
afanosas y enrojecidas van extendiendo la arena fría sobre la banca, mientras la imaginación nos dicta de qué modo caminos, cuestas y crestas de monte habrán de confluir ante el
divino pesebre, que ya hemos situado en un lugar apartado pero preeminente.
Una canal de hojalata, revestida de
papel de chocolate que hemos acumulado a lo largo del año, hace nuestras
delicias cuando comprobamos que retiene agua
y no la derrama. No hay nada más gozoso para nosotros que meter las
manos al agua. En un arenal, hemos situado a las lavanderas y, más allá, bajo
una palmera, a un pescador.
El río también tiene un puente. Es
sólido y amplio. Por él ha de circular una caravana insigne: tres reyes en sus camellos,
seguidos de la servidumbre que avanza con una reata cargada de obsequios.
Todavía están sus majestades lejos, en el extremo opuesto a la escena
principal, pero ya se los observa encaminados hacia ella.
Allá en lo alto, entre cumbres inquietantes,
dominando todo el paisaje, hemos situado al señor del reino. Oteando desde el
balcón de su palacio, se le ve receloso y con mirada amenazadora. Eso nos
parece.
Por el contrario, sus súbditos parecen
tener una vida feliz en su cotidianidad: pastores echados frente al fuego velan
plácidamente su majada; vejucas que vigilan sus pavos y gallineros; mujeres que
acarrean agua o portan tablas de panes; artesanos y labradores y hasta el burro que da vueltas en su aceña…
Todos parecen entretenidos y ajenos a
la pareja, ella sobre una burra, que se ha detenido frente a la posada buscando
alojamiento. Nosotros estamos tan decepcionados como ellos. Finalmente, los encaminamos
y situamos en la cueva que sirve de refugio a un buey y a una mula. Allí los
dejamos con la expectación de lo mágico que está por suceder: algunos días
después la iluminaremos y haremos adorar a un rollizo infante que será la
admiración de todos.
No queda más que revestir la banca con
la cretona. Nuestra obra está terminada y la excitación de lo novedoso ha dado
paso a un jolgorio que nos acompañará hasta bien entrado enero. Hasta entonces,
nuestro belén cobrará vida: desplazamientos de las figuritas; idas y regresos;
sobresaltos y huidas; venganzas… De todas estas vicisitudes y movimientos nosotros
seremos los responsables.
Hoy es San Antón y hasta hoy Pascuas
son. Sus majestades hace días que emprendieron el regreso a sus orígenes
cardinales por camino distinto al que vinieron y los perdimos del horizonte de
nuestro cielo estrellado. Los padres refugiados en el pesebre han huido a un
país extranjero, amenazado su niño por el rey de mirada torva.
A nosotros nos da pereza deshacer el
belén y guardar una vez más las figuritas en la banastas y devolverlas al
camaranchón. Ya solo queda deshacernos de la arena.
Tristemente ha quedado al descubierto
que el ocaso encendido sólo era una bombilla y papel.

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