martes, 9 de diciembre de 2014

TARDE DE TORMENTA







TARDE DE TORMENTA (cuento)

Amanece el cielo encapotado. Durante la noche ha llovido  y el día no parece que vaya a despejarse. La mañana  transcurre silenciosa y, conforme avanza, el cielo se va petrificando.
Hacia la tarde, del interior, río arriba, se acerca una oscuridad amenazante y en el sur, la sierra es una masa  gris y pastosa. Poco a poco hay menos luz y parece que se hiciera de noche. Comienzan a cruzar el horizonte serpentinas eléctricas y, tras un breve silencio expectante, se oye un sordo retumbo en la lejanía. Los relámpagos se suceden con mayor frecuencia y el sonido de los truenos es cada vez más próximo, hasta situarse por encima de nosotros.
Estamos corriendo por las placetas, alrededor de la casa, esperando que los goterones todavía no traspasen las parras y nos mojen, pero el tabaleo de la lluvia es cada vez más fuerte y rápido sobre los pámpanos. A nosotros no nos da miedo la tormenta que  empieza  a descargar porque sabemos lo que está pasando allá arriba: san Pedro está cambiando los muebles de su casa y, como el hombre está viejo, lo hace rulándolos; mientras, los ángeles aprovechan para lavar el suelo. Por eso hay ruido y cae agua.
El estallido de un rayo próximo ha dejado la casa sin luz y nosotros ahora gritamos  más fuerte y más alocados para no oír el estruendo que inmediatamente sobreviene. Se ha levantado un  viento huracanado que hace oscilar la palmera y sacude de modo violento las ramas de los árboles.  Sobre nuestras cabezas, la lluvia arrecia repentinamente y martillea con furia el emparrado, que luego quedará desmochado, con sus hojas, racimos y zarcillos esparcidos por el suelo.
A un grito de su abuela Mercedes, los dos chiquillos y yo corremos a meternos en la casa cuando ya nos chorrea el agua por la frente y las camisas han empezado a pegársenos en las espaldas. La madre anda alterada, con una vela encendida en una mano y un plato con sal en la otra, y todos, como una procesión en huida, enfilamos veloces escaleras arriba a la cambra y allí corremos al balcón. La abuela Mercedes lo abre y los chiquillos, impacientes, nos colamos de un salto en él. Los relámpagos y los truenos restallan acumulándose unos sobre otros; el cielo es una catarata furiosa y, según el racheo del viento, la lluvia va y viene de un lado a otro y nos moja las piernas. Nosotros, asiéndonos a los barrotes del balcón y pataleando, competimos por que nuestro grito esté por encima y dure más que el  trueno.
La madre, que le ha dado el plato con la sal a la abuela, al borde de la histeria, alarga el brazo libre y  con un exasperado ademán nos arremolina por los cogotes y nos empuja bruscamente adentro. Nosotros rompemos en risas descontroladas al encontrarnos dentro de la habitación dando píqueles y entrechocando entre nosotros y nos reímos tanto que alargamos la situación girando como peonzas hasta caer al suelo entre carcajadas uno sobre otro.
-¡En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo!
La voz estentórea de la abuela nos sorprende y corta en seco nuestros revolcones. De un salto nos hemos apretujado entre las dos mujeres y, apabullados y boquiabiertos, vamos de la cara crispada de la madre, que se santigua aturullada, a la de la abuela. Hay furia en su gesto y sus  ojos parecen desorbitarse. Uno va de allá para acá, despavorido, sin encontrar un punto en que fijarse; el de cristal, que está a punto de desprenderse de su cuenca, apunta desenfocado al fondo de agua que es la sierra, concentrando en su dureza una terribilitá que nos atemoriza.
-¡Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita, con papel y agua bendita! ¡En el ara de la Cruz: Pater noster, amén, Jesús!
Hasta tres veces atruena la invocación de la abuela, al tiempo que su brazo potente lanza puñados de sal al vacío trazando tres cruces, como portentosos espadazos que rasgaran  y dispersaran aquel diluvio.
-Padre nuestro que estás…
Un restallido seco que hace temblar las colañas de la casa enmudece repentinamente a la abuela y la madre, dando un respingo que la descompone, se echa manos a la cabeza mientras lanza jipidos entre ahogos histéricos. Nosotros, alentados por los épicos lances de la abuela, nos arrojamos de nuevo al balcón dando sablazos imaginarios bzzz, bzzz, bzzz… contra una rabiosa e invisible fiera herida que diera sus últimos zarpazos. En este fragor bélico andamos cuando, de repente, ¡plaf!,  el chiquillo  encoge  los hombros sorprendido por el cogotazo que, desatados sus nervios, le ha dado la madre.
El chiquillo, enfurruñado, protesta y se larga a un rincón, mientras la otra y yo salimos huyendo  hacia el otro extremo de la cambra, dándonos cogotazos de refilón que burlan e irritan aún más al acogotado y mohíno hermano. Cuando la abuela y la madre, que han proseguido sus rezos,  nos miran amenazantes de reojo, paramos las fechurías  con que mortificamos al otro y reprimimos las risas apretando las manos contra la boca, de tal manera que, en el esfuerzo, se nos inflan tanto los carrillos que apenas podemos evitar que se nos escapen las lágrimas y los mocos.
La oscuridad del cielo ha ido diluyéndose y ya solo es una disminuida masa oscura río abajo. Por el interior, una varilla de luz metálica ha rasgado las nubes y abre un abanico de claridad  que reverbera sobre el verde intenso de los árboles. Al sur, en la sierra, jirones de nubes se deslizan sobre el presado de los pinos hasta deshacerse en tenues estelas vaporosas. Por  el balcón sube el acre olor a tierra y hojas mojadas  y  entra una humedad tibia y viscosa que nos hace sudar y nos   pega el pelo a la frente y al cogote.
Ya estamos otra vez en las placetas. Múltiples reguerillos plateados se deslizan acá y allá, cada uno siguiendo su curso zigzagueante,  adelgazándose a veces hasta perderse y otras confluyendo entre ellos, haciéndose  más grandes  y siguiendo un nuevo curso. Nosotros corremos a ponernos las botas de caucho  y, cuando estamos listos, emprendemos la marcha por la senda.
La lluvia ha acamado los amores de las orillas y, a nuestro paso, sacudidos por nuestra carrera, nos salpican de menudas gotas de agua. Parece que la naturaleza, para bendecir nuestro júbilo, nos asperjara con su hisopo.  También las campanillas malvas de las corregüelas y las florecillas amarillas de los lizones brillan perladas de minúsculas gotitas, que finalmente se deslizan hasta su centro, como diminutas copas, o resbalan por los pétalos y caen en las hojas ondulando el tallo con un ligero temblor.
Por la senda se deslizan babosas oscuras y rojizas, una lenta expedición de la que nunca hemos sabido de dónde parte ni a dónde va. Nosotros no sabemos qué empresa las mueve para tan esforzado viaje pero sí sabemos que a las babosas les gusta que la lluvia bañe  sus cuerpecillos y los humedezca. Nos detenemos a mirarlas y cogemos alguna, solo por sentir la blandura de su cuerpo húmedo y fresco y su rítmica ondulación  sobre nuestras manos. Nosotros no sabemos nada de su misteriosa vida, de los secretos de sus pequeños cuerpos. Ellas tampoco saben del nuestro y, desorientadas y extraviadas, estiran su cabeza y sacan sus cuernos  mostrando estupor ante nuestros ojos monstruosos. Ahora apenas se mueven. Las devolvemos a su imaginaria caravana, a su mundo minúsculo, y seguimos nuestro camino, corriendo hacia las tierras bajas atraídos por la expectación de una posible  crecida del río.
Ahora estamos en lo alto del ribazo y desde aquí miramos, detenidos por un momento, el soto, que se extiende, ligeramente más elevado, a lo largo de la orilla del río. El soto está sembrado de árboles frutales, rugosos y oscuros, en cuyas ramas, todavía cubiertas de hojas,  aún puede encontrarse algún rosado y aterciopelado fruto tardío. También hay, en un extremo, un alto granado de san Felipe, que tiene muchos frutos pero que todavía no están maduros; solo los de la copa, siempre lamida por el sol, comienzan a pintar. Más allá hay un jinjolero y en la parte umbría, dos caquileros. El suelo de los bancales está cubierto por altos vinagrillos de un intenso color esmeralda salpicado de brillantes flores amarillas que, después de la lluvia,  inclinan sus cabezas por el peso del agua. Los chiquillos sabemos del frescor de los vinagrillos, porque otras veces hemos corrido hacia ellos para lanzarnos sobre una enorme y mullida cama verde, dar cabriolas y volteretas hasta cansarnos y, entonces,  tumbarnos sobre ellos para, jadeantes y absortos, mirar la inmensidad lejana del cielo.
Esta tarde los chiquillos descendemos el ribazo con tiento en los pies: el légamo y el verdín crecido en las umbrías es un cristal oscuro por el que nuestras toscas botas se deslizan con vida propia. Bajamos cogidos de la mano y agarrándonos a la sisca,  colocando cuidadosamente nuestros pies al sesgo, paso a paso: oro, plata, rey, oro plata, rey..,  pero un patinazo de la chiquilla rompe el equilibrio y la gran culada es inevitable. El hermano se frena a medio ribazo, echando mano a los carrizos y clavando los talones en el barro, pero la chiquilla y yo nos deslizamos imparables ribazo abajo hasta el borde del bancal, dejando atrás con nuestras nalgas la huella satinada y viscosa de un  caracol gigante.
El hermano ya ha llegado hasta nosotras y aprovecha la situación para  desquitarse de la humillación del cogotazo y de nuestras burlas, lo que nos irrita mucho más y lo amenazamos con un dos contra uno: empujarle a la regadera y rebozarlo a él en el barro.
Cuando conseguimos aliviarnos del barro con una pella de hierba, ya hemos recuperado el desenfado y echamos a correr entre los vinagrillos para cruzar el soto.
Sorteando las ramas de los árboles, subiendo y bajando nuestras cabezas, hemos llegado hasta la linde con el río.  Nos separa de su orilla una bardiza bien urdida de fuertes cañas que se cruzan formando infinitos y perfectos rombos que han sido cuidadosamente medidos con una escandilla, y a través de los cuales asomamos nuestras caras para mirar el agua. Más allá, la bardiza es un espeso seto de acacia de tres espinas, esa de la que la madre de los chiquillos coge los punzones con los que hace ojetes en los bordados de sus sábanas y manteles.
El río ya ha empezado a subir su nivel y va más rápido, sus aguas tienen ya un tono rojizo  y se están volviendo espesas y ásperas. Las cañas y las aneas de la isla se están acamando por la fuerza de la corriente que ya la inunda y en sus bordes se retienen enganchados por momentos arrastres leñosos y brozas, hasta que la corriente los arremolina y los arrastra consigo de nuevo.
Una voz a lo lejos  nos distrae y nos hace volver las caras hacia un lado. La madre ha aparecido por un extremo del soto. Tiene un aspecto extraño, casi ridículo. Para no mojarse, se ha recogido la falda con un nudo entre las piernas a la altura de los corvejones; parece que llevara un calzón bombacho, como el que llevan  los soldados moros que yo he vistos en fotos viejas. Lleva un cenacho colgado al brazo y busca caracoles. Nos está hablando, llamándonos para algo. Aunque  nosotros no lo oímos bien, intuimos qué es: que vayamos a buscar zarapengas. No queremos.  Hacemos un gesto de no entender, dejamos de mirarla y nos volvemos a abstraer, muy pendientes de la orilla.
La pequeña ribera, cubierta de grama, donde crecen los juncos y los baladres, también está empezando a anegarse. Cuando llegue la noche, el agua ya la habrá cubierto y, probablemente, alcance hasta media altura del muro del soto. A nosotros nos han contado que una vez se llegó a cubrir el soto y la riada fue tan grande que se llevó el embarcadero y la barca. Nosotros sabemos que es verdad porque hemos visto el embarcadero en fotos. 
Mientras el río no vuelva a su nivel normal, nosotros no podremos bajar a la orilla del río y el cabrero que viene con sus cabras, tampoco. Después de la riada pasarán días hasta que la orilla vuelva a estar limpia, el suelo se desembarre y los arbustos recuperen su posición enhiesta. Pero, antes de secarse la tierra, mientras quede agua por debajo y el suelo esté blando, podremos bajar a jugar, a hacer panzas con los pies sobre la grama basculante.
Estamos silenciosos, contemplando la corriente poderosa del río y escuchando su rumor amenazante. De vez en cuando, un ligero escalofrío nos recorre las piernas y nos las frotamos, una con otra, notando la aspereza del barro ya seco que se nos quedó pegado.
El sol ya ha desaparecido del horizonte y solo queda su reflejo cárdeno detrás de las sierras. Poco a poco, las sombras se están extendiendo por el soto y la humedad de la tierra empapada de lluvia se hace más sensible. Sin darnos cuenta, la luz se ha ido y el brillo de los vinagrillos es ahora un manto oscuro y opaco.
Desde lo alto del ribazo nos llaman. Esta vez contestamos diligentes y  mansamente emprendemos distraídos y ensimismados el regreso a casa. Por la senda ya no hay babosas y el agua caída ha sido embebida por la tierra. Los amores han recuperado su altura y se mecen al rozarlos suavemente con las manos a nuestro paso. Los árboles recortan sus copas negras contra la débil claridad del anochecer y, a sus pies,  la oscuridad se extiende por los bancales.
A estas horas en que los chiquillos nos recogemos, afuera empieza una nueva vida en la que nosotros no participamos, pero sabemos que es así porque la oímos y a veces hasta la vemos fugazmente desde nuestras ventanas; leves ruidos y roces sigilosos, pequeñas sombras que se detienen brevemente y que pronto se van. Nosotros sabemos que esto es así y nos dormimos sin preocupación, aovillados en nuestra cama llenando nuestros sueños de algodonosas imágenes del día.