TARDE DE TORMENTA (cuento)
Amanece el cielo encapotado. Durante la noche ha llovido y el día no parece que vaya a despejarse. La
mañana transcurre silenciosa y, conforme
avanza, el cielo se va petrificando.
Hacia la tarde, del interior, río arriba, se acerca una
oscuridad amenazante y en el sur, la sierra es una masa gris y pastosa. Poco a poco
hay menos luz y parece que se hiciera de noche. Comienzan a cruzar el horizonte
serpentinas eléctricas y, tras un breve silencio expectante, se oye un sordo
retumbo en la lejanía. Los relámpagos se suceden con mayor frecuencia y el
sonido de los truenos es cada vez más próximo, hasta situarse por encima de
nosotros.
Estamos corriendo por las placetas, alrededor de la casa,
esperando que los goterones todavía no traspasen las parras y nos mojen, pero
el tabaleo de la lluvia es cada vez más fuerte y rápido sobre los pámpanos. A
nosotros no nos da miedo la tormenta que
empieza a descargar porque
sabemos lo que está pasando allá arriba: san Pedro está cambiando los muebles de
su casa y, como el hombre está viejo, lo hace rulándolos; mientras, los ángeles
aprovechan para lavar el suelo. Por eso hay ruido y cae agua.
El estallido de un rayo próximo ha dejado la casa sin luz y nosotros
ahora gritamos más fuerte y más alocados
para no oír el estruendo que inmediatamente sobreviene. Se ha levantado un viento huracanado que hace oscilar la palmera
y sacude de modo violento las ramas de los árboles. Sobre nuestras cabezas, la lluvia arrecia
repentinamente y martillea con furia el emparrado, que luego quedará
desmochado, con sus hojas, racimos y zarcillos esparcidos por el suelo.
A un grito de su abuela Mercedes, los dos chiquillos y yo corremos
a meternos en la casa cuando ya nos chorrea el agua por la frente y las camisas
han empezado a pegársenos en las espaldas. La madre anda alterada, con una vela
encendida en una mano y un plato con sal en la otra, y todos, como una
procesión en huida, enfilamos veloces escaleras arriba a la cambra y allí
corremos al balcón. La abuela Mercedes lo abre y los chiquillos, impacientes, nos
colamos de un salto en él. Los relámpagos y los truenos restallan acumulándose
unos sobre otros; el cielo es una catarata furiosa y, según el racheo del
viento, la lluvia va y viene de un lado a otro y nos moja las piernas.
Nosotros, asiéndonos a los barrotes del balcón y pataleando, competimos por que
nuestro grito esté por encima y dure más que el
trueno.
La madre, que le ha dado el plato con la sal a la abuela, al
borde de la histeria, alarga el brazo libre y
con un exasperado ademán nos arremolina por los cogotes y nos empuja
bruscamente adentro. Nosotros rompemos en risas descontroladas al encontrarnos dentro
de la habitación dando píqueles y entrechocando entre nosotros y nos reímos
tanto que alargamos la situación girando como peonzas hasta caer al suelo entre
carcajadas uno sobre otro.
-¡En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo!
La voz estentórea de la abuela nos sorprende y corta en seco
nuestros revolcones. De un salto nos hemos apretujado entre las dos mujeres y, apabullados
y boquiabiertos, vamos de la cara crispada de la madre, que se santigua
aturullada, a la de la abuela. Hay furia en su gesto y sus ojos parecen desorbitarse. Uno va de allá para
acá, despavorido, sin encontrar un punto en que fijarse; el de cristal, que está
a punto de desprenderse de su cuenca, apunta desenfocado al fondo de agua que
es la sierra, concentrando en su dureza una terribilitá
que nos atemoriza.
-¡Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás
escrita, con papel y agua bendita! ¡En el ara de la Cruz: Pater noster, amén,
Jesús!
Hasta tres veces atruena la invocación de la abuela, al
tiempo que su brazo potente lanza puñados de sal al vacío trazando tres cruces,
como portentosos espadazos que rasgaran
y dispersaran aquel diluvio.
-Padre nuestro que estás…
Un restallido seco que hace temblar las colañas de la casa
enmudece repentinamente a la abuela y la madre, dando un respingo que la
descompone, se echa manos a la cabeza mientras lanza jipidos entre ahogos histéricos.
Nosotros, alentados por los épicos lances de la abuela, nos arrojamos de nuevo al
balcón dando sablazos imaginarios bzzz, bzzz,
bzzz… contra
una rabiosa e invisible fiera herida que diera sus últimos zarpazos. En este fragor
bélico andamos cuando, de repente, ¡plaf!,
el chiquillo encoge los
hombros sorprendido por el cogotazo que, desatados sus nervios, le ha dado la
madre.
El chiquillo, enfurruñado, protesta y se larga a un rincón,
mientras la otra y yo salimos huyendo
hacia el otro extremo de la cambra, dándonos cogotazos de refilón que
burlan e irritan aún más al acogotado y mohíno hermano. Cuando la abuela y la
madre, que han proseguido sus rezos, nos
miran amenazantes de reojo, paramos las fechurías con que mortificamos al otro y reprimimos las
risas apretando las manos contra la boca, de tal manera que, en el esfuerzo, se
nos inflan tanto los carrillos que apenas podemos evitar que se nos escapen las
lágrimas y los mocos.
La oscuridad del cielo ha ido diluyéndose y ya solo es una disminuida
masa oscura río abajo. Por el interior, una varilla de luz metálica ha rasgado
las nubes y abre un abanico de claridad que
reverbera sobre el verde intenso de los árboles.
Al sur, en la sierra, jirones de nubes se deslizan sobre el presado de los
pinos hasta deshacerse en tenues estelas vaporosas. Por el balcón sube el acre olor a tierra y hojas
mojadas y entra una humedad tibia y viscosa que nos
hace sudar y nos pega el pelo a la frente y al cogote.
Ya estamos otra vez en las placetas. Múltiples reguerillos plateados se
deslizan acá y allá, cada uno siguiendo su curso zigzagueante, adelgazándose a veces hasta
perderse y otras confluyendo entre ellos, haciéndose más grandes
y siguiendo un nuevo curso. Nosotros corremos a ponernos las botas de
caucho y, cuando estamos listos,
emprendemos la marcha por la senda.
La lluvia ha acamado los amores de las orillas y, a nuestro paso,
sacudidos por nuestra carrera, nos salpican de menudas gotas de agua. Parece
que la naturaleza, para bendecir nuestro júbilo, nos asperjara con su hisopo. También las campanillas malvas de las
corregüelas y las florecillas amarillas de los lizones brillan perladas de
minúsculas gotitas, que finalmente se deslizan hasta su centro, como diminutas
copas, o resbalan por los pétalos y caen en las hojas ondulando el tallo con un
ligero temblor.
Por la senda se deslizan babosas oscuras y rojizas, una lenta
expedición de la que nunca hemos sabido de dónde parte ni a dónde va. Nosotros
no sabemos qué empresa las mueve para tan esforzado viaje pero sí sabemos que a
las babosas les gusta que la lluvia bañe sus cuerpecillos y los humedezca. Nos
detenemos a mirarlas y cogemos alguna, solo por sentir la blandura de su cuerpo
húmedo y fresco y su rítmica ondulación sobre
nuestras manos. Nosotros no sabemos nada de su misteriosa vida, de los secretos
de sus pequeños cuerpos. Ellas tampoco saben del nuestro y, desorientadas y
extraviadas, estiran su cabeza y sacan sus cuernos mostrando estupor ante nuestros ojos
monstruosos. Ahora apenas se mueven. Las devolvemos a su imaginaria caravana, a
su mundo minúsculo,
y seguimos nuestro camino, corriendo hacia las tierras bajas atraídos por la
expectación de una posible crecida del
río.
Ahora estamos en lo alto del ribazo y desde aquí miramos,
detenidos por un momento, el soto, que se extiende, ligeramente más elevado, a
lo largo de la orilla del río. El soto está sembrado de árboles frutales,
rugosos y oscuros, en cuyas ramas, todavía cubiertas de hojas, aún puede encontrarse algún rosado y
aterciopelado fruto tardío. También hay, en un extremo, un alto granado de san
Felipe, que tiene muchos frutos pero que todavía no están maduros; solo los de
la copa, siempre lamida por el sol, comienzan a pintar. Más allá hay un
jinjolero y en la parte umbría, dos caquileros. El suelo de los bancales está cubierto
por altos vinagrillos de un intenso color esmeralda salpicado de brillantes
flores amarillas que, después de la lluvia, inclinan sus cabezas por el peso del agua. Los
chiquillos sabemos del frescor de los vinagrillos, porque otras veces hemos
corrido hacia ellos para lanzarnos sobre una enorme y mullida cama verde, dar
cabriolas y volteretas hasta cansarnos y, entonces, tumbarnos sobre ellos para, jadeantes y absortos,
mirar la inmensidad lejana del cielo.
Esta tarde los chiquillos descendemos el ribazo con tiento en
los pies: el légamo y el verdín crecido en las umbrías es un cristal oscuro por
el que nuestras toscas botas se deslizan con vida propia. Bajamos cogidos de la
mano y agarrándonos a la sisca, colocando
cuidadosamente nuestros pies al sesgo, paso a paso: oro, plata, rey, oro plata, rey.., pero un patinazo de la chiquilla rompe el
equilibrio y la gran culada es inevitable. El hermano se frena a medio ribazo,
echando mano a los carrizos y clavando los talones en el barro, pero la
chiquilla y yo nos deslizamos imparables ribazo abajo hasta el borde del bancal,
dejando atrás con nuestras nalgas la huella satinada y viscosa de un caracol gigante.
El hermano ya ha llegado hasta nosotras y aprovecha la situación
para desquitarse de la humillación del
cogotazo y de nuestras burlas, lo que nos irrita mucho más y lo amenazamos con un
dos contra uno: empujarle a la regadera y rebozarlo a él en el barro.
Cuando conseguimos aliviarnos del barro con una pella de
hierba, ya hemos recuperado el desenfado y echamos a correr entre los
vinagrillos para cruzar el soto.
Sorteando las ramas de los árboles, subiendo y bajando
nuestras cabezas, hemos llegado hasta la linde con el río. Nos separa de su orilla una bardiza bien
urdida de fuertes cañas que se cruzan formando infinitos y perfectos rombos que
han sido cuidadosamente medidos con una escandilla, y a través de los cuales
asomamos nuestras caras para mirar el agua. Más allá, la bardiza es un espeso seto
de acacia de tres espinas, esa de la que la madre de los chiquillos coge los
punzones con los que hace ojetes en los bordados de sus sábanas y manteles.
El río ya ha empezado a subir su nivel y va más rápido, sus aguas
tienen ya un tono rojizo y se están volviendo
espesas y ásperas. Las cañas y las aneas de la isla se están acamando por la fuerza
de la corriente que ya la inunda y en sus bordes se retienen enganchados por
momentos arrastres leñosos y brozas, hasta que la corriente los arremolina y
los arrastra consigo de nuevo.
Una voz a lo lejos nos
distrae y nos hace volver las caras hacia un lado. La madre ha aparecido por un
extremo del soto. Tiene un aspecto extraño, casi ridículo. Para no mojarse, se
ha recogido la falda con un nudo entre las piernas a la altura de los
corvejones; parece que llevara un calzón bombacho, como el que llevan los soldados moros que yo he vistos en fotos
viejas. Lleva un cenacho colgado al brazo y busca caracoles. Nos está hablando,
llamándonos para algo. Aunque nosotros
no lo oímos bien, intuimos qué es: que vayamos a buscar zarapengas. No
queremos. Hacemos un gesto de no
entender, dejamos de mirarla y nos volvemos a abstraer, muy pendientes de la
orilla.
La pequeña ribera, cubierta de grama, donde crecen los juncos
y los baladres, también está empezando a anegarse. Cuando llegue la noche, el
agua ya la habrá cubierto y, probablemente, alcance hasta media altura del muro
del soto. A nosotros nos han contado que una vez se llegó a cubrir el soto y la
riada fue tan grande que se llevó el embarcadero y la barca. Nosotros sabemos
que es verdad porque hemos visto el embarcadero en fotos.
Mientras el río no vuelva a su nivel normal, nosotros no
podremos bajar a la orilla del río y el cabrero que viene con sus cabras,
tampoco. Después de la riada pasarán días hasta que la orilla vuelva a estar
limpia, el suelo se desembarre y los arbustos recuperen su posición enhiesta. Pero,
antes de secarse la tierra, mientras quede agua por debajo y el suelo esté
blando, podremos bajar a jugar, a hacer panzas con los pies sobre la grama
basculante.
Estamos silenciosos, contemplando la corriente poderosa del
río y escuchando su rumor amenazante. De vez en cuando, un ligero escalofrío
nos recorre las piernas y nos las frotamos, una con otra, notando la aspereza
del barro ya seco que se nos quedó pegado.
El sol ya ha desaparecido del horizonte y solo queda su
reflejo cárdeno detrás de las sierras. Poco a poco, las sombras se están
extendiendo por el soto y la humedad de la tierra empapada de lluvia se hace
más sensible. Sin darnos cuenta, la luz se ha ido y el brillo de los vinagrillos
es ahora un manto oscuro y opaco.
Desde lo alto del ribazo nos llaman. Esta vez contestamos
diligentes y mansamente emprendemos
distraídos y ensimismados el regreso a casa. Por la senda ya no hay babosas y
el agua caída ha sido embebida por la tierra. Los amores han recuperado su
altura y se mecen al rozarlos suavemente con las manos a nuestro paso. Los
árboles recortan sus copas negras contra la débil claridad del anochecer y, a
sus pies, la oscuridad se extiende por
los bancales.
A
estas horas en que los chiquillos nos recogemos, afuera empieza una nueva vida en
la que nosotros no participamos, pero sabemos que es así porque la oímos y a
veces hasta la vemos fugazmente desde nuestras ventanas; leves ruidos y roces sigilosos,
pequeñas sombras que se detienen brevemente y que pronto se van. Nosotros sabemos que esto
es así y nos dormimos sin preocupación, aovillados en nuestra cama llenando
nuestros sueños de algodonosas imágenes del día.
