domingo, 22 de diciembre de 2013

Feliz Navidad


 
Natividad. Bartolomé Esteban Murillo


Navidad,
color de Dios.

Toda la ternura
de sus manos
derramada
por la piel de un niño.

Toda su divinidad
humillada
para caber
en la pequeñez de mi corazón.

Toda mi vanidad
ardida,
conmovida
ante un Dios
que, hecho hombre,
late por primera vez.





martes, 3 de diciembre de 2013

MIDIOR Y OTRAS






MIDIOR Y OTRAS

¿Saben ustedes qué es un midior?
Mi amiga Mati sí lo sabe porque siempre ha atendido el timbre de su casa:
-¿Es la casa del midior?
Y, paciente, como es ella:
-Sí, señor; aquí es.
Pues, sí. Mi amigo Chechu, su marido, es midior ¡Digo, topógrafo!
Cachazudo y bien hablado, como debe ser un castellano viejo de Medinaceli, Chechu me dice lleno de fina ironía:
-Alicia, cuando compenetres en mi casa, fíjate en las vitrinas almudéjares que he puesto en las ventanas… ¡Vamos a celebrar una boda reinal!
Otras veces, se encocora:
-¡Es voy a terminar hablando mal! Me estoy contaminando…
Y es que esto del habla local tiene mucho trabajo de campo. Hace unos días en una conferencia pseudomédica, una asistente tomó la palabra y nos informó de que, a consecuencia de la enfermedad de la que se hablaba, su hermana tenía  un paralís en este remo… Lo dijo señalándose  el brazo, porque también podría ser en una pierna. Lo extrordinario es cómo nuestra herencia léxica permanece arraigada, primando sobre palabras tan simples y usuales como pierna o brazo. Y no es que remo no esté recogida en DRAE, pero ¡tan obsoleta hoy!
A mí me da mucha pereza estriar habla vieja, etimologías populares, transferencias de significantes… Pero, como dije en aquella ocasión en que hablaba de reparandoria, hay palabras que están y otras no están; pero todas dicen. Dicen cómo es alguien o algo; qué hace y cómo lo hace. Dicen, en sí mismas, lo que habría que explicar con más palabras. Dicen del afecto o desafecto del que habla. Combinan raíces con prefijos imposibles, amalgaman raíces que multiplican el significado,  pero que las adornan de un significado nuevo o añadido que matiza su expresividad.  
Y es que las palabras populares están llenas de imaginación y, frecuentemente, se hacen, echando mano de procedimientos lingüísticos dislocados,  de la observación de otras imágenes con las que se relaciona su significado o su sonoridad.
Por ejemplo, ¿qué es una mujer empollaíca? Es una mujer en su primera edad, bien criada y vistosa. La connotación femenina de gallinita joven, de brillante plumaje, por observación de imágenes cotidianas.
¿Y repancano-a? Una palabra fonéticamente clara y dura: r-p-n-c-n. Casi la onomatopeya del golpeo que aplasta y reduce. Pues una persona repancana es una persona de baja estatura y complexión fuerte. Frecuentemente, se envuelve en cierta afectividad y resulta repancanica. Si la estatura es notable, el hombre o la mujer es jampón –a ( > ampón, na; amplio, repolludo, ahuecado. Persona entrada en carnes generosas y espléndidas) y si viene a lucir después de un cierto deterioro, está retostonudo –a.
No sólo el ingenio popular se aplica sobre lo físico, también sobre lo moral con imágenes insólitas, deshaciéndose del significado y seleccionando lo que la sonoridad ofrece. Véase el caso de esquife, que según DRAE es un barco pequeño en un navío para saltar a tierra; o también un tipo de bóveda cilíndrica. Pues en el habla popular, una persona huraña es un esquife. Cómo ha ido a dar esta palabra a la huerta, no lo sé, pero su acústica sugiere una imagen puntiaguda, punzante, ( s-k-f) y así es como es una persona huraña, también llamada adufe (que según DRAE es un pandero morisco) y similar la razón de esta transferencia.
Los ejemplos son múltiples y curiosos. Me gusta observarlos. Y me reitero en lo que dije en aquella ocasión: dicen lo que tienen que decir y, en definitiva, eso es lo que importa. Sus orígenes, sus cambios, sus metamorfosis sus contra-norma, agramaticalidad o impropiedades, son cuestiones de manual. Ellas, las palabras, están vivas, en la calle, entre la gente. Y se ríen; se ríen mucho de los filólogos.
Seguiremos con muchas más.


domingo, 20 de octubre de 2013

LOS IMPONDERABLES DEL CALENTAMIENTO. MI GITANA Y MI PRINCESA

                                                                       


                                                                            

Dicen los doctores D. F. Klein y M. Lebowitz del Instituto Psiquiátrico de NY que la sensación amorosa está relacionada con la aparición de la feniletilamina, compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas.
Pues yo me sé de dos que debieron de sustituir el pan con Nocilla por pan con feniletilamina para merendar: mi gitana y mi princesa.
Cuando a Meursault le pregunta el presidente del Tribunal por qué había matado al árabe, aquel contesta que no tenía intención, que todo fue à cause du soleil. Pues en mi gitana y mi princesa tampoco había intención; todo fue à cause de l’amour.
Entre Meursault, mi gitana y mi princesa hay un denominador común: los imponderables del calentamiento.

Imponderable uno.
Dijo, mi gitana, y, por favor,  que no se me desmaye otra vez: “Tuve la suerte o la desgracia de enamorarme de una persona de la cual, cuando te enamoras, no te das cuenta de lo que está pasando.” La frase, lingüísticamente, ya es dudosa; pero, bueno, a mi gitana no la  han juzgado por no saberse el Gil y Gaya; ha sido por otra cosa.
 Los hechos fueron que mi gitana tenía la testosterona tan alta que ni el láser disimulaba el vello delator; y la cuenta bancaria tan roja como los camarones de Isla Cristina. Así que se soltó la melena, se puso la flor en el pelo, se fue al Rocío con el mago Cachuli y se hizo ganadera con divisa verde y grana. Luego tuve la suerte…
Pero, como no hay suerte que años dure ni deuda que no se pague, sobre todo si con la Fiscalía Anticorrupción hemos topado, a mi gitana se le  enganchó la coleta y la trincaron. Luego la desgracia…
Del baturrillo sintáctico que le largó a su Señoría, se desprende que mi gitana  pretendió endosarle  toda la  culpa a los polvos mágicos y las malas artes del mago Cachuli,  que la dejaron traspuesta. ¡Malhaya mi suerte!
Ahora mi gitana anda con las sienes moraítas de martirio, echando tientos a la calculadora de día y reinando de noche. ¿De dónde sacará el parné que la libre de la trena? Y trajina en su cabeza sacar  un nuevo disco: Marinero de euros. La cosa puede funcionar pero omitiendo Mi pequeño del alma, que, como le ha crecido, parecería que le estuviera cantando una saeta al Ecce Homo de Borja.

Imponderable dos.
A diferencia de mi gitana, mi princesa ha sido imputada, desimputada; requerida, desrequerida, revisada, desrevisada… y, hasta la fecha, incólume, sin mácula, lo que quiere decir que tiene un  caché más alto. Dígase: mientras mi gitana aspira a carteles de tronío, mi princesa, por el derecho de la bragueta de don Rodrigo, luce en los del trono.
Ella no anda metiendo fajina  ni enredándose con la sintaxis; ni dando puntapiés ni manotazos a la alcachofa. Mi princesa tiene savoir être con cierto touche callacuerzos: engramea la testa, y con  timbre cazallero y guturalidad germánica, concede un “Bien, gracias”.
¡Y tan bien! Con la discreción que proporciona un trabajo descaradamente bien remunerado, más los recursos que se desprenden de su condición, se ha retirado al país de Heidi con su prole y  su adherencia emocional, y a los demás nos ha dejado cantando…
祖父は、あなたの私に言う:  
私が聞く音はどんな音であるか。 
祖父は、あなたの私に言う:  
雲のIが行くようにか
que no entiende nadie, pero que es eso de “abuelito, dime tú…”
Su empecinamiento amoroso junto a su contumaz asimiento a los privilegios, demuestran que mi princesa tiene un real papo y que no está dispuesta a renunciar a ninguna de sus prebendas, ni a las de lo real ni a las del papo.
Mi gitana y mi princesa debían de saberse aquello de don José Ortega y Gasset: “el amor es un estado de estupidez transitoria” y se dijeron: hagámonos las tontas... Lo que no sabían era el resto de la frase: “…que no puede mantenerse bioquímicamente durante mucho tiempo”.

Bueno, exactamente aquí no es una cuestión bioquímica, es fiscal. Este es un matiz que se le escapó a don José, que estaba muy preocupado con sus circunstancias. Contrariamente, mi gitana y mi princesa no se preocuparon con las propias mientras se calentaban y ahora, probrecitas mías, les ha sobrevenido un enfriamiento global.

sábado, 20 de julio de 2013

LAS LOMAS



Hace muchos años, recuerdo, bajaban al pueblo en día de mercado las gentes de las Lomas, que así se les llamaba a los habitantes de los campos altos que se extienden en las faldas de la sierra de Ricote. Eran gentes genuinas, de clara peculiaridad.
Enjutos, tanto en carnes como en palabras, solían los hombres vestir terno negro y sombrero de fieltro. Siempre igual, sin diferenciar las estaciones y siempre con un paraguas negro en la mano. Tenían  rostro curtido por la intemperie,  por el sol inclemente y los aires helados de las alturas. Quemado y reseco como pan soflamado en el horno. Hundida entre pliegues terrosos, una mirada artera, adiestrada en vislumbrar indicios de amenaza en su solitaria vida en  los páramos; unos ojillos  rapaces y astutos que se entrecerraban cuando el lomero evaluaba la conveniencia de sus tratos.
 Frecuentemente, el hombre de las Lomas se hacía acompañar de mujer, fuera esposa o hija. Veíasela a ésta con la cabeza cubierta por un pañolón en invierno o por un crespón de colores en verano, y, aún, protegida del sol por un sombrero.  Se le observaba una indumentaria tosca a la que, finalmente, se le superponía aquella prenda que se cada cual se reserva para ocasiones especiales. De tal modo era así, que, en cualquier época del año y sobre las distintas capas de prendas, que se adelgazaban o incrementaban según necesidad, la indumentaria quedaba rematada por un hato majo de percal. En los días más crudos del invierno, se abrigaba con una pelliza o una frazada echada sobre los hombros.
Era esta mujer ruda, hosca y recelosa. Quizás determinada por  su forma de vivir aislada, era parca en palabras, las justas,  pero regatera  y con un tono de voz cantarín y arrastrado que caracterizaba su habla. 
La bajada al pueblo de los de las Lomas en día de mercado tenía como fin vender productos del campo: huevos, aves, aceite..; llevar grano al molino o recoger sacas de harina u otros cereales para el corral,  además de hacerse con la provisión semanal de otros productos.

***

Bien de mañana, se los veía bajar por la Cuesta de doña Isabel o aparecer por el Barranco de los Gitanos o el de la Tejera. Venían tirando de su reata de mulas y burros y, cruzando el puente, se dirigían hasta el final de la calle Nueva. Allí, junto al río de la Lechera, ataban las bestias a las rejas de las últimas casas, junto al molino de agua.
Descargaban los bultos de las aguaderas de pleita; disponían para las bestias cubos de agua y paja y acercaban las sacas de grano, si era menester, al molino para recogerlas a última hora. Luego, cada cual, hombre y mujer, emprendía sus razones.
Solía ser que el hombre iba de pagos o cobros a particulares o la Banca. También solía aprovechar la ocasión para hacer tratos sobre la venta de basura de caballeriza, muy apreciada para el abono de bancales y sotos.
La mujer, hecha con sus talegas en una mano, una con paja, entre la que acomodaba los huevos, y en otra algún conejo, que se sacudía despavorido, y amanojados en la otra mano dos o tres pollos de lustroso plumaje, emprendía la tarea de llamar a las puertas que ya la esperaban  para vender su mercancía.
A media mañana, podía vérseles en algún portal de la plaza, almorzando un cantero de pan con tocino rancio o sardinas y una botella de vino. Mientras duraba su personal reposición, disfrutaban del espectáculo de zarzos de verdura y hortalizas, de sacos de legumbres, puestos de loza, de entredoses y puntillas, de piezas de sábana, de alpargatas, y de  los carros de la carne y del pescado.
Mientras en la plaza bullía aquella actividad, las bestias permanecían en su sitio, ya al sol, que estaba alto. Algunos chiquillos se acercaban por allí para medirse en valentía al  azuzar a los animales y salir corriendo a primer amago de cocearlos;  otros se conformaban con tocarlos y sentir su pelaje áspero y salpicado de mataduras.
Hacia medio día, acabada la empresa de la mañana de mercado, las gentes de las Lomas regresaban al río de la Lechera; volvían a cargar las bestias y emprendían el regreso a las tierras altas por el mismo camino por el que habían venido.
Al marcharse, durante tiempo quedaba la huella de su presencia: el suelo ocupado por las bestias estaba sembrado de excrementos y la pestilencia impregnaba el final de la calle y la esquina con el molino.
Apenas desaparecían los de las Lomas y sus reatas, las mujercillas del vecindario corrían diligentes y se aprestaban a recoger con escoba y baleo la basura esparcida  por el suelo y la depositaban en un cubo, porque  esto era un abono muy preciado para sus macetas.


***

miércoles, 10 de abril de 2013

EL NEANDERTALITO

Georges Church



EL NEANDERTALITO 
(8 de febrero de 2013)

La gente no está buena de la cabeza. Ni de la cabeza ni de otras cosas; pero de estas otras se habla abiertamente: del colesterol, de la tensión, de los juanetes, de los sabañones –bueno, creo que de esto ya no; con el Estado del bienestar  ya no nos salen o salen poco-, de prótesis, de recortes de panículos y vísceras  -de otros recortes, también, pero de esos, en otro contexto-…
Retomo. Yo creía que la jaula de dinosaurios que salió de la mosca atrapada en la resina fosilizada era una broma que paraba en “Parque Jurásico”. Pues no. Véase: Georges Church, un sujeto que tiene el aspecto entre leñador de Montana y Pastor de la Cienciología pero que, en realidad, es genetista de la universidad de Harvard, USA –tradicionalmente, las cosas fantásticas suceden en un reino muy lejano-, dice que, a partir de restos fósiles de neandertal, extrae su ADN, lo trocea en 10.000 fragmentos, no sé qué más y repite la operación muchas veces hasta llenar una nave industrial de palés de fragmentos. Cuando ya se salen los palés por la puerta de los trailers, ahí se para y, entonces, dice que “ensambla todos los fragmentos en una célula madre”… Lo siguiente es un fundido en negro en mi cabeza. Intento arreglarme el cableado neuronal y la imagen más nítida que consigo es una ristra de pimientos morrones al sol…
Total, que, al final de este meccano genético, dice el hombre que tenemos un embrión humano de futuro neandertalito y que lo único que falta es una jai con caderas de tinaja de Alcora para implantárselo, porque el bebé va a ser muy hermoso cuando llegue al final de su gestación. Yo estoy segura de que esto no va a ser un escollo insalvable en su empresa; tal como está el barrio y con la de platós que le chorrearían, mamá intrépida encuentra. Así que, si el asteroide 2012 DA14 no lo impide, porque por la vía de la cordura no parece que haya nadie dispuesto a hacerlo, esto va.
Y aquí es donde a mí se me bloquea la sinapsis y empiezo a reinar de madrugada.
A ver, que la madre expulse al neandertalito por el túnel de Guadarrama que se le demanda o que la abran en canal para sacárselo, a mí me da igual. Yo me pregunto otras cosas.
Por ejemplo: ¿Cómo se va a llamar? Yo, del santoral paleolítico, ni idea, pero creo que deben ponerle algo sencillo, como Paco, Pepe… La cosa es aliviarle a la criatura la integración social, que ya le va a costar… A favor de la elección de nombre está que la abuela paterna no va a meter morro en la cuestión…
Otra cosa: ¿Lo pesarán en la báscula del paritorio o tendrán que llevar una romana...? ¿Han previsto qué dodoti que le van a poner...? Porque barrunto que por lo menos tendrá que ser talla mediana de uso geriátrico…
¿Se comprará cuna en Ikea o pasará directamente a la cadete de 90? Esto no es irrelevante. Si al futuro líder –porque el leñador-pastor ha vaticinado que, cuando el neandertalito sea un hombre hecho y derecho, nos va a cambiar el pensamiento a los sapiens- se le pone cuna, podría disfrutar de un juguete móvil musical que reforzaría su integración social, además de quedar muy tendry. ¡Qué diferencia con la cueva Feldhofer!
Ahora bien, hay cuestiones que me desasosiegan un poco. El Maxi-Cosi. Si para meter a un bebé sapiens hay que practicar la papiroflexia y dejarlo como una pajarita, ¿cómo se encajaría al neandertalito en un Maxi-Cosi? Imposible. A lo más que se podría aspirar es a ponérselo de casco en el cabezón. Una opción sería llevarlo en un sidecar blindado. No sé. Habría que consultar con la DGT…
Otra cosa: con ese tamaño, ¿iría a la guardería o pasaría directamente a la ESO? Yo creo que esto sería viable: puesto que va a ser cabezón, será más listo y no se notará la diferencia. Además, cuanto antes termine los estudios, mejor. Ya ha avanzado el leñador-pastor que puede crear una nueva cultura neandertal y convertirse en una fuerza política. Igual es lo que nos hace falta: un neandertal que nos arregle el panorama político. ¡Total, en lo que todos estamos de acuerdo es en que no sabemos qué vamos a votar la próxima vez..! ¡Pues si viene este a gobernar, no creo que veamos cosas más raras que ahora!
En fin, lo que decía al principio: la gente no está buena de la cabeza. Pero de esto no hablamos abiertamente. Muy al contrario, tocamos las palmas; no en vano, con la ciencia hemos topado. Parafraseando a Sheldon Cooper, estamos unidos a otro objeto –aquí se llama Georges Church-  por un plano inclinado que gira de forma helicoidal alrededor de un eje. Es decir, estamos fastidiados. El potencial neandertalito, desde luego que sí; más que ninguno.
¡Y yo que creía que las palabras que Mary Shelley pone en boca del monstruo cuando se encara con su creador, el doctor Frankenstein, eran algo más que un texto literario! ¡Pero no..!

EN SAN ROQUE, UNOS AÑOS ATRÁS…

Romería de San Roque









EN SAN ROQUE, 
UNOS AÑOS ATRÁS…

(Publicado en Facebook el 4 de abril)



La felicidad es efímera y variable. Es un momento de gloria que, de modo fugaz,  habita entre nosotros, reconciliándonos, mientras nos acompaña, con la vida, con nosotros mismos y con los demás.
Luego, cuando un pulso del destino nos quiebra el ánimo,  la  añoranza nos invade y lamentamos no haber sido plenamente conscientes, mientras estuvo de nuestro lado,  de que la felicidad era aquello.
Ahora nos quedan imágenes, como ésta: Geles, Alicia, Sonia, Blanca, Alfredo, Carlos…  El recuerdo de un tiempo feliz, por el que, como dijo G. Gcía. Márquez, no debemos llorar porque se terminó, sino sonreír porque sucedió.
Sonreír por toda la felicidad y alegría que Carlos regaló a nuestras vidas.

miércoles, 27 de marzo de 2013

LA NADA DE GREY


LA NADA DE GREY
Las sombras de Grey son como la Nada en “La historia interminable” de Michael Ende.
Entiendo que esto de la nada es un símil complicado porque difícilmente la podemos imaginar. La realidad más próxima a la nada es una hoja de la cartilla del Banco a día 5… ¿Se han fijado en qué estado queda una persona cuando el automático se la devuelve? Paraplejia transitoria, cerviz sometida, protrusión ocular…; luego, con lentitud y sin levantar cabeza, pasos desorientados, hasta  tropezar con un expositor que  devuelve al individuo a la realidad.
Ciertamente, el concepto de la nada es esquivo, porque la generalidad solemos tropezar mucho: en el Super, con los carros; en las aceras, adelantando a viandantes; con el cónyuge jubilado en el pasillo de casa; con las puertas de los aseos públicos… ¡Ah, esto! En la medida de lo posible, hay que evitarlo, aunque para ello sea necesario subirse a la taza del váter, abrir la puerta y dar un salto al exterior del cubículo. Entrar, entras; pero salir…, siempre te quedas atascado por algún lado, so pena de hacer limpieza general.
Bien. Pues aquello, la nada y el tropezón con la realidad, es lo que están sufriendo en sus letras vivas  los best domésticos: “Las sombras” copando la cabecera del ranking de ventas –ocho meses ya- y aquellos, como en una cucaña,  arriba y abajo, pisándose, unos a otros, los lomos editados. Hay quienes ya desistieron de llevarse el jamón. En honor a la verdad, esta última semana, Javier Sierra, en términos hípicos, ha sacado un cuerpo y se ha situado en cabeza, e Ildefonso Falcones, una cabeza.  A ver.
Por encima de cómo va lo de los ERES, qué ha dicho Bárcenas, por dónde nos va a tocar lo de Chipre o qué te parece el Papa Francisco, la pregunta estrella es: “¿Has leído “Las sombras”…? ¡Ah, ah…!  No digas  que de esa  agua no beberás, porque hay quienes han levitado con “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar”,  lloriqueado con  “Divina Elisa, pues agora el cielo con inmortales pies pisas …” y ahora babean con “Las sombras”.
Hace un par de sábado escuché “La estación azul” de RNE, que estuvo dedicado a “Las sombras”. Una pura tesis doctoral. Si no se para la lavadora y me voy a tender la ropa, igual me convence. Me quedé con la duda.
Al programa llevaron a una representante de  Grijalbo, doctoranda en sombras, que con voz de cuerda “con sordini”, fue orillando las excelencias de la obra: “Las sombras” es una lectura femenina; es un cuento de hadas y, conclusión final, una demostración de que las mujeres son más listas que los hombres. (Nota del autor: ahórrese la inflamación de la yugular; no merece la pena). A esto hay que añadir un discurso entrecortado  por sobrealientos y suspiritos, cosa  que no me quedó claro a qué se debía, si a que la doctoranda tenía retortijones intestinales por el marrón que le había endosado el jefe, o a que la hora del programa se le había echado encima y la había sacado de debajo de alguna sombra. La cuestión es que me incliné por compadecerla y  me solidaricé y la escuché.
Sobre los dos argumentos primeros, mejor los obviamos para evitar el ardor de estómago. Sobre el tercero, ese sí que tenía estopa para meterle fuego a la trilogía: la tal Anastasia, la muy cuca,  demuestra que soltarse los refajos y prestarse a los Juegos Reunidos BDSM son medios justificados para cualquier mujer que quiera tener rendido a sus pies al hombre de sus sueños; para ella, Christian Grey, que, finalmente, resulta ser, a lo bestia, un varón domado más.
¡Señor! ¡Con lo que costó poner a dieta a la Venus de Willendorf!
Todo esto, y algo más que me perdí en el tendedero, durante una hora de programa. Barrunto que, en cuanto se encendió la luz verde del estudio, la doctoranda en sombras salió fletada para el WC.
Ante tan portentosa novela de tesis –I, II, III- y carismáticos personajes, el tal Max Costa planchándose la raya del pantalón, mirándole la nuca y palpándole los satenes a la hierática Mecha Inzunza, por una parte,  y, por otra,  la tal Blanca Perea –mal, tanta vocal clara licúa al personaje- aguantándose la mala baba entre legajos y, sin embargo, tan “in thoughts of you”,  no son nadie. Las portadas de las novelas tampoco han ayudado mucho a despejar sombras. No sé si para  Pérez-Reverte la estampa de Grace Kelly con neceser vintage y Rollie es la sublimación de una fantasía infantil y estaba en deuda. Pero lo de María Dueñas ya es fijación: las dos portadas de sus novelas son lo más mojigato de Jack Vettriano. La primera con el gorrito; vale, ¡como era modista! Pero la segunda… Yo pensaba que en California se sudaba un poco la camiseta, pero no; ella tan fina. ¡Y mira que Vettriano tiene para elegir cositas más hot…!
En fin; a lo hecho pecho. Ahora toca espabilarse, que la crisis todavía no se acaba y, ya que la gente no come, que se ría. ¡Me apuesto una dieta a que la muy arpía de E. L. James está escribiendo ya “Las sombras de Anastasia”! ¡Al tiempo!