LA NADA DE GREY
Las sombras de Grey son como la Nada
en “La historia interminable” de Michael Ende.
Entiendo que esto de la nada es
un símil complicado porque difícilmente la podemos imaginar. La realidad más
próxima a la nada es una hoja de la cartilla del Banco a día 5… ¿Se han fijado en
qué estado queda una persona cuando el automático se la devuelve? Paraplejia
transitoria, cerviz sometida, protrusión ocular…; luego, con lentitud y sin
levantar cabeza, pasos desorientados, hasta tropezar con un expositor que devuelve al individuo a la realidad.
Ciertamente, el concepto de la
nada es esquivo, porque la generalidad solemos tropezar mucho: en el Super, con
los carros; en las aceras, adelantando a viandantes; con el cónyuge jubilado en
el pasillo de casa; con las puertas de los aseos públicos… ¡Ah, esto! En la
medida de lo posible, hay que evitarlo, aunque para ello sea necesario subirse
a la taza del váter, abrir la puerta y dar un salto al exterior del cubículo. Entrar,
entras; pero salir…, siempre te quedas atascado por algún lado, so pena de
hacer limpieza general.
Bien. Pues aquello, la nada y el
tropezón con la realidad, es lo que están sufriendo en sus letras vivas los best domésticos: “Las sombras” copando la
cabecera del ranking de ventas –ocho meses ya- y aquellos, como en una
cucaña, arriba y abajo, pisándose, unos
a otros, los lomos editados. Hay quienes ya desistieron de llevarse el jamón. En
honor a la verdad, esta última semana, Javier Sierra, en términos hípicos, ha
sacado un cuerpo y se ha situado en cabeza, e Ildefonso Falcones, una cabeza. A ver.
Por encima de cómo va lo de los ERES,
qué ha dicho Bárcenas, por dónde nos va a tocar lo de Chipre o qué te parece el
Papa Francisco, la pregunta estrella es: “¿Has leído “Las sombras”…? ¡Ah, ah…! No digas
que de esa agua no beberás,
porque hay quienes han levitado con “nuestras vidas son los ríos que van a dar
a la mar”, lloriqueado con “Divina Elisa, pues agora el cielo con inmortales pies
pisas …” y ahora babean con “Las sombras”.
Hace un par de sábado escuché “La
estación azul” de RNE, que estuvo dedicado a “Las sombras”. Una pura tesis
doctoral. Si no se para la lavadora y me voy a tender la ropa, igual me
convence. Me quedé con la duda.
Al programa llevaron a una
representante de Grijalbo, doctoranda en
sombras, que con voz de cuerda “con sordini”, fue orillando las excelencias de
la obra: “Las sombras” es una lectura femenina; es un cuento de hadas y, conclusión
final, una demostración de que las mujeres son más listas que los hombres. (Nota
del autor: ahórrese la inflamación de la yugular; no merece la pena). A esto hay
que añadir un discurso entrecortado por
sobrealientos y suspiritos, cosa que no
me quedó claro a qué se debía, si a que la doctoranda tenía retortijones
intestinales por el marrón que le había endosado el jefe, o a que la hora del
programa se le había echado encima y la había sacado de debajo de alguna
sombra. La cuestión es que me incliné por compadecerla y me solidaricé y la escuché.
Sobre los dos argumentos
primeros, mejor los obviamos para evitar el ardor de estómago. Sobre el
tercero, ese sí que tenía estopa para meterle fuego a la trilogía: la tal
Anastasia, la muy cuca, demuestra que
soltarse los refajos y prestarse a los Juegos Reunidos BDSM son medios
justificados para cualquier mujer que quiera tener rendido a sus pies al hombre
de sus sueños; para ella, Christian Grey, que, finalmente, resulta ser, a lo
bestia, un varón domado más.
¡Señor! ¡Con lo que costó poner a
dieta a la Venus de Willendorf!
Todo esto, y algo más que me
perdí en el tendedero, durante una hora de programa. Barrunto que, en cuanto se
encendió la luz verde del estudio, la doctoranda en sombras salió fletada para
el WC.
Ante tan portentosa novela de
tesis –I, II, III- y carismáticos personajes, el tal Max Costa planchándose la
raya del pantalón, mirándole la nuca y palpándole los satenes a la hierática
Mecha Inzunza, por una parte, y, por
otra, la tal Blanca Perea –mal, tanta
vocal clara licúa al personaje- aguantándose la mala baba entre legajos y, sin
embargo, tan “in thoughts of you”, no
son nadie. Las portadas de las novelas tampoco han ayudado mucho a despejar
sombras. No sé si para Pérez-Reverte la
estampa de Grace Kelly con neceser vintage y Rollie es la sublimación de una
fantasía infantil y estaba en deuda. Pero lo de María Dueñas ya es fijación:
las dos portadas de sus novelas son lo más mojigato de Jack Vettriano. La
primera con el gorrito; vale, ¡como era modista! Pero la segunda… Yo pensaba
que en California se sudaba un poco la camiseta, pero no; ella tan fina. ¡Y mira
que Vettriano tiene para elegir cositas más hot…!
En fin; a lo hecho pecho. Ahora
toca espabilarse, que la crisis todavía no se acaba y, ya que la gente no come,
que se ría. ¡Me apuesto una dieta a que la muy arpía de E. L. James está
escribiendo ya “Las sombras de Anastasia”! ¡Al tiempo!