Dicen
los doctores D. F. Klein y M. Lebowitz del Instituto Psiquiátrico de NY que la
sensación amorosa está relacionada con la aparición de la feniletilamina, compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas.
Pues yo
me sé de dos que debieron de sustituir el pan con Nocilla por pan con feniletilamina para merendar: mi gitana
y mi princesa.
Cuando
a Meursault le pregunta el presidente del Tribunal por qué había matado al
árabe, aquel contesta que no tenía intención, que todo fue à cause du soleil. Pues en mi
gitana y mi princesa tampoco había intención; todo fue à cause de l’amour.
Entre
Meursault, mi gitana y mi princesa hay un denominador común: los imponderables
del calentamiento.
Imponderable
uno.
Dijo, mi
gitana, y, por favor, que no se me
desmaye otra vez: “Tuve la suerte o la
desgracia de enamorarme de una persona de la cual, cuando te enamoras, no te
das cuenta de lo que está pasando.” La frase, lingüísticamente, ya es dudosa;
pero, bueno, a mi gitana no la han
juzgado por no saberse el Gil y Gaya; ha sido por otra cosa.
Los hechos fueron que mi gitana tenía la
testosterona tan alta que ni el láser disimulaba el vello delator; y la cuenta
bancaria tan roja como los camarones de Isla Cristina. Así que se soltó la
melena, se puso la flor en el pelo, se fue al Rocío con el mago Cachuli y se
hizo ganadera con divisa verde y grana.
Luego tuve la suerte…
Pero, como
no hay suerte que años dure ni deuda que no se pague, sobre todo si con la Fiscalía
Anticorrupción hemos topado, a mi gitana se le
enganchó la coleta y la trincaron. Luego la desgracia…
Del baturrillo
sintáctico que le largó a su Señoría, se desprende que mi gitana pretendió endosarle toda la culpa a los polvos mágicos y las malas artes del
mago Cachuli, que la dejaron traspuesta.
¡Malhaya mi suerte!
Ahora mi gitana anda con las sienes moraítas de martirio,
echando tientos a la calculadora de día y reinando de noche. ¿De dónde sacará
el parné que la libre de la trena? Y trajina en su cabeza sacar un nuevo disco: Marinero de euros. La cosa puede funcionar pero omitiendo Mi pequeño del alma, que, como le ha
crecido, parecería que le estuviera cantando una saeta al Ecce Homo de Borja.
Imponderable dos.
A diferencia de mi gitana, mi princesa ha sido imputada, desimputada; requerida, desrequerida, revisada, desrevisada… y, hasta la fecha,
incólume, sin mácula, lo que quiere decir que tiene un caché más alto. Dígase: mientras mi gitana aspira
a carteles de tronío, mi princesa, por el derecho de la bragueta de don
Rodrigo, luce en los del trono.
Ella no anda metiendo fajina ni enredándose con la sintaxis; ni dando
puntapiés ni manotazos a la alcachofa. Mi princesa tiene savoir être con cierto touche
callacuerzos: engramea la testa, y
con timbre cazallero y guturalidad
germánica, concede un “Bien, gracias”.
¡Y tan bien! Con la discreción que proporciona un trabajo
descaradamente bien remunerado, más los recursos que se desprenden de su
condición, se ha retirado al país de Heidi con su prole y su adherencia emocional, y a los demás nos ha
dejado cantando…
祖父は、あなたの私に言う:
私が聞く音はどんな音であるか。
祖父は、あなたの私に言う:
雲のIが行くようにか
que no entiende
nadie, pero que es eso de “abuelito, dime tú…”
Su empecinamiento
amoroso junto a su contumaz asimiento a los privilegios, demuestran que mi
princesa tiene un real papo y que no está dispuesta a renunciar a ninguna de
sus prebendas, ni a las de lo real ni a las del papo.
Mi gitana y mi princesa debían de saberse aquello de don
José Ortega y Gasset: “el amor es un
estado de estupidez transitoria” y se dijeron: hagámonos las tontas... Lo
que no sabían era el resto de la frase: “…que
no puede mantenerse bioquímicamente durante mucho tiempo”.
Bueno, exactamente aquí no es una cuestión bioquímica, es
fiscal. Este es un matiz que se le escapó a don José, que estaba muy preocupado
con sus circunstancias. Contrariamente, mi gitana y mi princesa no se
preocuparon con las propias mientras se calentaban y ahora, probrecitas mías,
les ha sobrevenido un enfriamiento global.

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