sábado, 20 de julio de 2013

LAS LOMAS



Hace muchos años, recuerdo, bajaban al pueblo en día de mercado las gentes de las Lomas, que así se les llamaba a los habitantes de los campos altos que se extienden en las faldas de la sierra de Ricote. Eran gentes genuinas, de clara peculiaridad.
Enjutos, tanto en carnes como en palabras, solían los hombres vestir terno negro y sombrero de fieltro. Siempre igual, sin diferenciar las estaciones y siempre con un paraguas negro en la mano. Tenían  rostro curtido por la intemperie,  por el sol inclemente y los aires helados de las alturas. Quemado y reseco como pan soflamado en el horno. Hundida entre pliegues terrosos, una mirada artera, adiestrada en vislumbrar indicios de amenaza en su solitaria vida en  los páramos; unos ojillos  rapaces y astutos que se entrecerraban cuando el lomero evaluaba la conveniencia de sus tratos.
 Frecuentemente, el hombre de las Lomas se hacía acompañar de mujer, fuera esposa o hija. Veíasela a ésta con la cabeza cubierta por un pañolón en invierno o por un crespón de colores en verano, y, aún, protegida del sol por un sombrero.  Se le observaba una indumentaria tosca a la que, finalmente, se le superponía aquella prenda que se cada cual se reserva para ocasiones especiales. De tal modo era así, que, en cualquier época del año y sobre las distintas capas de prendas, que se adelgazaban o incrementaban según necesidad, la indumentaria quedaba rematada por un hato majo de percal. En los días más crudos del invierno, se abrigaba con una pelliza o una frazada echada sobre los hombros.
Era esta mujer ruda, hosca y recelosa. Quizás determinada por  su forma de vivir aislada, era parca en palabras, las justas,  pero regatera  y con un tono de voz cantarín y arrastrado que caracterizaba su habla. 
La bajada al pueblo de los de las Lomas en día de mercado tenía como fin vender productos del campo: huevos, aves, aceite..; llevar grano al molino o recoger sacas de harina u otros cereales para el corral,  además de hacerse con la provisión semanal de otros productos.

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Bien de mañana, se los veía bajar por la Cuesta de doña Isabel o aparecer por el Barranco de los Gitanos o el de la Tejera. Venían tirando de su reata de mulas y burros y, cruzando el puente, se dirigían hasta el final de la calle Nueva. Allí, junto al río de la Lechera, ataban las bestias a las rejas de las últimas casas, junto al molino de agua.
Descargaban los bultos de las aguaderas de pleita; disponían para las bestias cubos de agua y paja y acercaban las sacas de grano, si era menester, al molino para recogerlas a última hora. Luego, cada cual, hombre y mujer, emprendía sus razones.
Solía ser que el hombre iba de pagos o cobros a particulares o la Banca. También solía aprovechar la ocasión para hacer tratos sobre la venta de basura de caballeriza, muy apreciada para el abono de bancales y sotos.
La mujer, hecha con sus talegas en una mano, una con paja, entre la que acomodaba los huevos, y en otra algún conejo, que se sacudía despavorido, y amanojados en la otra mano dos o tres pollos de lustroso plumaje, emprendía la tarea de llamar a las puertas que ya la esperaban  para vender su mercancía.
A media mañana, podía vérseles en algún portal de la plaza, almorzando un cantero de pan con tocino rancio o sardinas y una botella de vino. Mientras duraba su personal reposición, disfrutaban del espectáculo de zarzos de verdura y hortalizas, de sacos de legumbres, puestos de loza, de entredoses y puntillas, de piezas de sábana, de alpargatas, y de  los carros de la carne y del pescado.
Mientras en la plaza bullía aquella actividad, las bestias permanecían en su sitio, ya al sol, que estaba alto. Algunos chiquillos se acercaban por allí para medirse en valentía al  azuzar a los animales y salir corriendo a primer amago de cocearlos;  otros se conformaban con tocarlos y sentir su pelaje áspero y salpicado de mataduras.
Hacia medio día, acabada la empresa de la mañana de mercado, las gentes de las Lomas regresaban al río de la Lechera; volvían a cargar las bestias y emprendían el regreso a las tierras altas por el mismo camino por el que habían venido.
Al marcharse, durante tiempo quedaba la huella de su presencia: el suelo ocupado por las bestias estaba sembrado de excrementos y la pestilencia impregnaba el final de la calle y la esquina con el molino.
Apenas desaparecían los de las Lomas y sus reatas, las mujercillas del vecindario corrían diligentes y se aprestaban a recoger con escoba y baleo la basura esparcida  por el suelo y la depositaban en un cubo, porque  esto era un abono muy preciado para sus macetas.


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1 comentario:

  1. Excelente testimonio, detallista y veraz. Una España agropecuaria, terrible y contumaz...Enhorabuena, Alicia, por la estampa. Por cierto, esa habla cantarina los delata como descendientes de moriscos no expulsados; conversos hay que suponer.

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