Hace muchos años, recuerdo,
bajaban al pueblo en día de mercado las gentes de las Lomas, que así se les llamaba
a los habitantes de los campos altos que se extienden en las faldas de la
sierra de Ricote. Eran gentes genuinas, de clara peculiaridad.
Enjutos, tanto en carnes como en
palabras, solían los hombres vestir terno negro y sombrero de fieltro. Siempre
igual, sin diferenciar las estaciones y siempre con un paraguas negro en la
mano. Tenían rostro curtido por la
intemperie, por el sol inclemente y los
aires helados de las alturas. Quemado y reseco como pan soflamado en el horno.
Hundida entre pliegues terrosos, una mirada artera, adiestrada en vislumbrar
indicios de amenaza en su solitaria vida en
los páramos; unos ojillos rapaces
y astutos que se entrecerraban cuando el lomero evaluaba la conveniencia de sus
tratos.
Frecuentemente, el hombre de las Lomas se
hacía acompañar de mujer, fuera esposa o hija. Veíasela a ésta con la cabeza
cubierta por un pañolón en invierno o por un crespón de colores en verano, y,
aún, protegida del sol por un sombrero. Se
le observaba una indumentaria tosca a la que, finalmente, se le superponía
aquella prenda que se cada cual se reserva para ocasiones especiales. De tal
modo era así, que, en cualquier época del año y sobre las distintas capas de
prendas, que se adelgazaban o incrementaban según necesidad, la indumentaria
quedaba rematada por un hato majo de percal. En los días más crudos del
invierno, se abrigaba con una pelliza o una frazada echada sobre los hombros.
Era esta mujer ruda, hosca y
recelosa. Quizás determinada por su
forma de vivir aislada, era parca en palabras, las justas, pero regatera
y con un tono de voz cantarín y arrastrado que caracterizaba su habla.
La bajada al pueblo de los de las
Lomas en día de mercado tenía como fin vender productos del campo: huevos, aves,
aceite..; llevar grano al molino o recoger sacas de harina u otros cereales
para el corral, además de hacerse con la
provisión semanal de otros productos.
***
Bien de mañana, se los veía bajar
por la Cuesta de doña Isabel o aparecer por el Barranco de los Gitanos o el de
la Tejera. Venían tirando de su reata de mulas y burros y, cruzando el puente,
se dirigían hasta el final de la calle Nueva. Allí, junto al río de la Lechera,
ataban las bestias a las rejas de las últimas casas, junto al molino de agua.
Descargaban los bultos de las
aguaderas de pleita; disponían para las bestias cubos de agua y paja y
acercaban las sacas de grano, si era menester, al molino para recogerlas a
última hora. Luego, cada cual, hombre y mujer, emprendía sus razones.
Solía ser que el hombre iba de
pagos o cobros a particulares o la Banca. También solía aprovechar la ocasión
para hacer tratos sobre la venta de basura de caballeriza, muy apreciada para
el abono de bancales y sotos.
La mujer, hecha con sus talegas
en una mano, una con paja, entre la que acomodaba los huevos, y en otra algún
conejo, que se sacudía despavorido, y amanojados en la otra mano dos o tres
pollos de lustroso plumaje, emprendía la tarea de llamar a las puertas que ya
la esperaban para vender su mercancía.
A media mañana, podía vérseles en
algún portal de la plaza, almorzando un cantero de pan con tocino rancio o
sardinas y una botella de vino. Mientras duraba su personal reposición,
disfrutaban del espectáculo de zarzos de verdura y hortalizas, de sacos de
legumbres, puestos de loza, de entredoses y puntillas, de piezas de sábana, de
alpargatas, y de los carros de la carne
y del pescado.
Mientras en la plaza bullía
aquella actividad, las bestias permanecían en su sitio, ya al sol, que estaba
alto. Algunos chiquillos se acercaban por allí para medirse en valentía al azuzar a los animales y salir corriendo a
primer amago de cocearlos; otros se
conformaban con tocarlos y sentir su pelaje áspero y salpicado de mataduras.
Hacia medio día, acabada la
empresa de la mañana de mercado, las gentes de las Lomas regresaban al río de
la Lechera; volvían a cargar las bestias y emprendían el regreso a las tierras
altas por el mismo camino por el que habían venido.
Al marcharse, durante tiempo
quedaba la huella de su presencia: el suelo ocupado por las bestias estaba sembrado
de excrementos y la pestilencia impregnaba el final de la calle y la esquina
con el molino.
Apenas desaparecían los de las
Lomas y sus reatas, las mujercillas del vecindario corrían diligentes y se
aprestaban a recoger con escoba y baleo la basura esparcida por el suelo y la depositaban en un cubo,
porque esto era un abono muy preciado
para sus macetas.
***

Excelente testimonio, detallista y veraz. Una España agropecuaria, terrible y contumaz...Enhorabuena, Alicia, por la estampa. Por cierto, esa habla cantarina los delata como descendientes de moriscos no expulsados; conversos hay que suponer.
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