jueves, 16 de enero de 2014

HASTA SAN ANTÓN, PASCUAS SON








HASTA 
SAN ANTÓN, 
PASCUAS SON

(Del 17 de enero de 2013)





Lejos ha quedado el bullicioso descender del camaranchón las banastas empolvadas que guardan, envueltas en papel de periódico, las figuritas del belén.
Ya está elegido el venerable rincón de la casa que va a acoger el Nacimiento y allí, apartados los muebles, hemos colocado la banca sobre la que iremos distribuyendo las escenas.
Hay actividad desde días anteriores
Primero en el monte. Allí hemos recogido piedrecitas blancas para trazar caminos y también las plantas con que los vamos a bordear y a recrear el paisaje: uñas de gato, piteras, acebuche, minúsculas paleras…
Y, recientemente, en la orilla del río, donde hemos recortado mantos de musgo esponjoso que mullirán las orillas del  río que serpenteará  el escenario.
Un cielo de papel estrellado, entreverado de sabina de olorosas arcéstidas, cubre el fondo de nuestro belén. De él, suben y bajan cuestas rocosas, entre escarpados montes de corcho con recodos frondosos de uñas de gato y acebuche. A ciertas horas, nuestro cielo tiene un ocaso encendido rojo y azul celofán.
Remangados, nuestras manezuelas afanosas y enrojecidas van extendiendo la arena fría sobre la banca, mientras  la imaginación nos  dicta de qué  modo caminos,  cuestas y  crestas de monte habrán de confluir ante el divino pesebre, que ya hemos situado en un lugar apartado pero preeminente.
Una canal de hojalata, revestida de papel de chocolate que hemos acumulado a lo largo del año, hace nuestras delicias cuando comprobamos que retiene agua  y no la derrama. No hay nada más gozoso para nosotros que meter las manos al agua. En un arenal, hemos situado a las lavanderas y, más allá, bajo una palmera, a un pescador.
El río también tiene un puente. Es sólido y amplio. Por él ha de circular una caravana insigne: tres reyes en sus camellos, seguidos de la servidumbre que avanza con una reata cargada de obsequios. Todavía están sus majestades lejos, en el extremo opuesto a la escena principal, pero ya se los observa encaminados hacia ella.
Allá en lo alto, entre cumbres inquietantes, dominando todo el paisaje, hemos situado al señor del reino. Oteando desde el balcón de su palacio, se le ve receloso y con mirada amenazadora. Eso nos parece.
Por el contrario, sus súbditos parecen tener una vida feliz en su cotidianidad: pastores echados frente al fuego velan plácidamente su majada; vejucas que vigilan sus pavos y gallineros; mujeres que acarrean agua o portan tablas de panes; artesanos y labradores y  hasta el burro que da vueltas en su   aceña…
Todos parecen entretenidos y ajenos a la pareja, ella sobre una burra, que se ha detenido frente a la posada buscando alojamiento. Nosotros estamos tan decepcionados como ellos. Finalmente, los encaminamos y situamos en la cueva que sirve de refugio a un buey y a una mula. Allí los dejamos con la expectación de lo mágico que está por suceder: algunos días después la iluminaremos y haremos adorar a un rollizo infante que será la admiración de todos.
No queda más que revestir la banca con la cretona. Nuestra obra está terminada y la excitación de lo novedoso ha dado paso a un jolgorio que nos acompañará hasta bien entrado enero. Hasta entonces, nuestro belén cobrará vida: desplazamientos de las figuritas; idas y regresos; sobresaltos y huidas; venganzas… De todas estas vicisitudes y movimientos nosotros seremos los responsables.
Hoy es San Antón y hasta hoy Pascuas son. Sus majestades hace días que emprendieron el regreso a sus orígenes cardinales por camino distinto al que vinieron y los perdimos del horizonte de nuestro cielo estrellado. Los padres refugiados en el pesebre han huido a un país extranjero, amenazado su niño por el rey de mirada torva.
A nosotros nos da pereza deshacer el belén y guardar una vez más las figuritas en la banastas y devolverlas al camaranchón. Ya solo queda deshacernos de la arena.
Tristemente ha quedado al descubierto que el ocaso encendido sólo era una bombilla y papel.