TIENE USTED CARTA
Hace mucho
tiempo que ya no se escribe. Quiero decir que no se escriben cartas al modo de
hace años, con sobre, dirección y sello y, por detrás, remitente. Y por
supuesto, dentro, la carta, propiamente. Sobre ello me gustaría entretenerme un
día pero lo que hoy me ocupa es un aspecto concreto de aquella vieja y
artística actividad. Sí; porque escribir cartas es un arte.
Lo concreto a que me refiero es que enviabas
una carta y si habías errado el nº de calle, tu amigo se había cambiado de casa
y ya no existía allí... o cualquier otra contingencia, se te devolvía el sobre
con alguna indicación de Correos, así tú tenías conocimiento de que el mensaje
no había llegado a su destino y de que no quedaba en manos de nadie...
Ahora, con
el ineludible e inexcusable uso de las TIC, el mínimo error del emisor condena el
mensaje a la nada del espacio
cibernético, al desesperanzador agujero
negro del eliminar, al errático correo
no deseado. Porque el nadie virtual nunca va a devolver el mensaje; no va a tener la deferencia de notificar
el error del To, ni va a considerar que
tal vez el Subject sea importante y determinante para el ingenuo From, que, como en el hijo bienamado, ha
puesto todas sus esperanzas en las
nuevas tecnologías...
Retraso en
la ejecución de un proyecto, trasiego de neoneuroWhatsApp
–ese otro imprescindible en la sociedad de la información, ese que hace
inoportuna e impertinentemente “clang” cuando te estás clisando- reenvíos, comprobaciones… ¡Brrr!
¡Cinco días buscando el missing link cibernauta!
¿Y cuál era? ¡Pfff: un 4! Ahí estaba el error de transmisión: ******xx@ y ******xx4@.
Y he
pensado: Esto no hubiera ocurrido con
Joseíco el cartero, que e.p.d., en la Gloria esté, Dios lo haya perdonado…
Él hubiera estado al cabo de tus expectativas, de tu interés y de la
importancia de la notificación que esperabas. Él te hubiera tranquilizado, si no llega el mensaje en el Correo de la
noche, seguramente vendrá en el de la seis de la mañana. Él se tomaba
interés por las noticias familiares. Llegaba con su carterón al hombro y, nada
de buzones; entraba en la casa, buenos
días, señorita; revolvía su bolsón, carta de los nenes… la semana pasada,
Antoñito felicitó a su primo; hay que ver, qué letra tiene.., Antoñito, digo… Otros
sobres lucían con brillantes sellos, tiene
usted carta de Australia, ¿qué cuenta su hermano? ¿Me dijo Ramón que su hermano
de usted estaba casado con una mujer de allí..? Y así era que Joseíco, no
solo cumplía su función de dar destino a los mensajes sino que se interesaba y
participaba de las buenas y malas nuevas que los vecinos recibían.
Pero no
siempre fue bien entendida su vocación participativa. Ocurrió una vez que
Marisa estuvo temporalmente en la gran capital.
Era costumbre entonces, por la infrecuencia de un viaje tan distante y
para hacer partícipes a los amigos de los extraordinarios que gozabas, enviar
postales de los lugares emblemáticos que visitabas. Así fue que Marisa envió
una vistosa postal a Pedro, con apretado parloteo que resumía lo esencial de su
estancia y terminó su redacción con ¡y
recuerdos al negociero de Joseíco, que lo estará leyendo!
¡Ay, Dios!
Joseíco, incomprendido y perjudicado
moralmente por la deslenguada jovenzuela, se dirigió a casa de Marisa y allí expuso
a la madre las quejas y motivos que tenía sobre comportamiento de su hija. Doña Marga, ante tan cándida alma, no pudo más
que disimular la risa y, esforzándose por recomponer el gesto, procuró con
comprensivas palabras reparar el agravio infligido al cartero. Prometió a
Joseíco que reconvendría seriamente a su hija y
le aseguró que tal comportamiento
no se iba a repetir.
Después de
aquello, todo siguió igual. La anécdota corrió pero nada alteró la relación
condescendiente de las gentes y su cartero.

En mi pueblo no había ningún Joseíco. Pero si quien te escribía se equivocaba en el número o tal vez ni lo ponía, la carta llegaba. Al menos a mí me han llegado cartas así
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