MIDIOR Y OTRAS
¿Saben ustedes qué es un midior?
Mi amiga Mati sí lo sabe porque
siempre ha atendido el timbre de su casa:
-¿Es la casa del midior?
Y, paciente, como es ella:
-Sí, señor; aquí es.
Pues, sí. Mi amigo Chechu, su
marido, es midior ¡Digo, topógrafo!
Cachazudo y bien hablado, como
debe ser un castellano viejo de Medinaceli, Chechu me dice lleno de fina ironía:
-Alicia, cuando compenetres
en mi casa, fíjate en las vitrinas
almudéjares que he puesto en las ventanas… ¡Vamos a celebrar una boda reinal!
Otras veces, se encocora:
-¡Es voy a terminar hablando mal! Me estoy contaminando…
Y es que esto del habla local
tiene mucho trabajo de campo. Hace unos días en una conferencia pseudomédica, una asistente tomó la
palabra y nos informó de que, a consecuencia de la enfermedad de la que se
hablaba, su hermana tenía un paralís en este remo… Lo dijo
señalándose el brazo, porque también
podría ser en una pierna. Lo extrordinario es cómo nuestra herencia léxica
permanece arraigada, primando sobre palabras tan simples y usuales como pierna o brazo. Y no es que remo
no esté recogida en DRAE, pero ¡tan obsoleta hoy!
A mí me da mucha pereza estriar
habla vieja, etimologías populares, transferencias de significantes… Pero, como
dije en aquella ocasión en que hablaba de reparandoria,
hay palabras que están y otras no están; pero todas dicen. Dicen cómo es
alguien o algo; qué hace y cómo lo hace. Dicen, en sí mismas, lo que habría que
explicar con más palabras. Dicen del afecto o desafecto del que habla. Combinan
raíces con prefijos imposibles, amalgaman raíces que multiplican el
significado, pero que las adornan de un
significado nuevo o añadido que matiza su expresividad.
Y es que las palabras populares
están llenas de imaginación y, frecuentemente, se hacen, echando mano de
procedimientos lingüísticos dislocados, de
la observación de otras imágenes con las que se relaciona su significado o su
sonoridad.
Por ejemplo, ¿qué es una mujer empollaíca? Es una mujer en su primera
edad, bien criada y vistosa. La connotación femenina de gallinita joven, de
brillante plumaje, por observación de imágenes cotidianas.
¿Y repancano-a? Una palabra fonéticamente clara y dura: r-p-n-c-n. Casi la onomatopeya del
golpeo que aplasta y reduce. Pues una persona repancana es una persona de baja estatura y complexión fuerte.
Frecuentemente, se envuelve en cierta afectividad y resulta repancanica. Si la estatura es notable, el
hombre o la mujer es jampón –a ( >
ampón, na; amplio, repolludo, ahuecado. Persona entrada en carnes generosas y
espléndidas) y si viene a lucir después de un cierto deterioro, está retostonudo –a.
No sólo el ingenio popular se
aplica sobre lo físico, también sobre lo moral con imágenes insólitas,
deshaciéndose del significado y seleccionando lo que la sonoridad ofrece. Véase
el caso de esquife, que según DRAE es
un barco pequeño en un navío para saltar a tierra; o también un tipo de bóveda
cilíndrica. Pues en el habla popular, una persona huraña es un esquife. Cómo ha ido a dar esta palabra
a la huerta, no lo sé, pero su acústica sugiere una imagen puntiaguda, punzante,
( s-k-f) y así es como es una persona huraña, también llamada adufe (que según DRAE es un pandero
morisco) y similar la razón de esta transferencia.
Los ejemplos son múltiples y
curiosos. Me gusta observarlos. Y me reitero en lo que dije en aquella ocasión:
dicen lo que tienen que decir y, en definitiva, eso es lo que importa. Sus
orígenes, sus cambios, sus metamorfosis sus contra-norma, agramaticalidad o impropiedades,
son cuestiones de manual. Ellas, las palabras, están vivas, en la calle, entre
la gente. Y se ríen; se ríen mucho de los filólogos.
Seguiremos con muchas más.

Te voy a dar un consejo: si "trascruzas" la calle y te encuentras con alguien conocido, no te pares "en comedias" de esa calle.
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